LINCOLN SILVA: LA DESAPARICIÓN Y OLVIDO DE UN ESCRITOR

Lincoln Silva fue autor de dos novelas de culto, en los años 70, a medio camino entre la narrativa de compromiso social, testimonio y denuncia de los regímenes autoritario. Vivió los tiempos más álgidos de los 60 y 70, marcados por el exilio: primero huyó de Paraguay por de la dictadura impuesta por Stroessner; después abandona aquella Argentina sometida a la Junta Militar, hasta encontrar refugio en Holanda. No volvió a su país hasta 2005. Falleció en 2016, en el más profundo ostracismo. Nadie se acordó de él, pese a que en sus tiempos fuera puesto por la crítica, a la altura del mismísimo Juan Rulfo.

Por suerte, a veces el tiempo ejerce de extraña criatura rescatando de la desmemoria aquello que nunca debió haberse olvidado. ¿Una luz a título póstumo? ¿Consuelo para descubridores de talentos a la sombra del boom latinoamericano? Éste último fenómeno literario se llevó por delante, en muchos casos estrepitosamente, el perfil de grandes narradores, al margen de las ataduras de los cánones, o más allá de la sombra del realismo mágico, dejaron obras de grandísima calidad y trascendencia.

¿Por qué ahora, entonces, un escritor paraguayo? Al margen de alguna que otra nota dispersa, estudio o comentario en las redes, poco se sabía de Lincoln Silva, hasta que dos meses atrás aparece un comunicado de prensa anunciando la próxima reedición de sus obras completas, en la editorial Arandura de Paraguay, como resultado de la prolija investigación realizada por Mariano Damián Montero, un académico argentino que vive en Asunción (Paraguay) desde 2018.

Montero había llegado a la figura del escritor paraguayo, por casualidad, ya que previamente estaba investigando para escribir la biografía de Agapito Valiente, un educador y guerrillero asesinado por la dictadura en 1970, cuando uno de los tantos sobrinos que sobrevivieran a éste último, le contó sobre un primo que en sus tiempos escribió dos novelas que trataban la dictadura y tortura en tiempos de Stroessner, es decir, Lincoln Silva. De ahí derivó la búsqueda de tales obras en las librerías de viejo de Buenos Aires, el hallazgo y lectura de las mismas (de un tirón) y el camino quedó allanado para resucitar al escritor olvidado.

¿Pero quién fue aquel fuego fatuo? ¿Por qué trascendió tanto en su momento? Lincoln Silva había nacido el 28 de octubre de 1945, en el pueblo de Barrero Grande, a orillas del arroyo Piribebuy, en el Departamento de Cordillera. En Asunción realizó los estudios secundarios, donde asimismo publicó sus primeros trabajos.

En 1969 Lincoln tuvo que abandonar Paraguay apresuradamente, debido a Stroessner, y se instala en Buenos Aires, donde al poco tiempo publica “Rebelión después” (1970), que se convierte en todo un acontecimiento literario. La novela se centra en el estupor experimentado por una persona, ajena a cualquier tipo de ideología o proselitismo político alguno, que es encarcelada y vejada La primera vez que la narrativa paraguaya se ocupaba del tema de la tortura, en una prosa desgarrada y ferozmente crítica con la dictadura.

Esta primera obra consolidaría a Lincoln Silva como el escritor paraguayo más renombrado del momento, en la misma línea de talentos como Augusto Roa Bastos y Gabriel Cassacia, al tiempo que cinco años más tarde, por mediación de Eduardo Galeano, publica en la editorial Crisis su segunda novela, General General.

En efecto, “General, general” (1975) que ve la luz en  noviembre de 1975, nos remite a la figura de historia es Benedicto Sanabria, carismático líder de masas, que se propone purificar Paraguay. Sus delirios místicos le llevan a creerse ungido por una revelación, para convencer a las masas de que la implantación del socialismo es el futuro perfecto para los paraguayos. Es decir, la caricaturización del líder revolucionario de izquierdas, haciendo uso de lo cómico para narrar precisamente lo contrario.

Pocos meses después viaja a Cuba para formar parte del jurado en el Premio Casa de las Américas, pero a su regreso a Argentina el país se halla inmerso en el levantamiento de la Junta Militar y tiene que volver a tomar los caminos del exilio. Encuentra refugió en Holanda, donde se convierte en profesor de literatura y lengua en guaraní en la Universidad de Leyden.

En Holanda cambiará el registro narrativo por el poético. Allí publicaría los poemarios “Ni para caerse muerto” (1980) y “No te diré el lugar de donde vengo” (1984), en formato bilingüe. En su país de origen nadie volvió a acordarse de él, aunque regresara a Paraguay en el año 2005 y allí colaborase asiduamente en los medios locales. En Asunción publicó otro libro de poesía, “Sortilegio que supuso nuestro apoteosis” (2007), pero fallece de forma repentina un 5 de agosto de 2016, sumido en el olvido y sin ningún tipo de mención en los medios de comunicación.

Esta es la historia de Lincoln Silva, reducida a la pertenencia de unos pocos párrafos. El ausente exiliado que regresa, por fin, a las páginas de un libro que recoge su producción narrativa, tal vez incluyendo “Patria qué burdel”, novela fechada en 1986 pero todavía inédita, así como otros escritos dispersos por la amalgama del tiempo.

RESEÑAR LIBROS EN CONTRA DEL CANON LITERARIO

¿Qué es el canon literario? En principio, el corpus de obras literarias consideradas como esenciales, por un reducido grupo de élites culturales dominantes. Por extensión, lo que en un momento dado consideran lo que es y no, buena literatura, y por lo tanto, lo manifiestan como una verdad en términos absolutos que nadie debe cuestionar, y menos si no perteneces a su exclusivo grupo de opinadores con derecho a enmienda.

El grupo puede estar conformado por una camarilla de vacas sagradas, respetadísimos críticos y lobbies detrás de una tendencia. Fabrican una verdad a su medida, y todos tenemos la obligación de rendirles pleitesía y juramento perpetuo de no cuestionarles en absoluto. Otrosí, al que cometa la falta le espera el cruel castigo de ser molido a palos, y excomulgado de tan selecto cotarro.

Sí aún así deciden seguir adelante con la reseña, ya pueden ir provistos de buena armadura y paciencia, porque les van a saltar a la yugular o, lo que es peor, llegarán a atribuirles flores como la de desconsiderados, envidiosos, arrogantes, paternalistas, criminalizadores, machistas, promotores del odio, fracasados, ignorantes, etc, lo cual se agravará cuando además de ir a contracorriente del canon literario, se trate de una escritora o poeta.

Da igual que que la reseña o comentario se apoye en los estudios de Propp, Todorov, Bremond o Greimass, ilustres maestros en la materia; y siguiendo los pormenores del análisis contextual, estructural, temático y estilístico, es decir, con todas las ley, porque te caerá un sambenito de órdago. ¡Cómo te atreves! ¡Qué falta de respeto! ¡Blasfemia! ¡Malcriado!

¿Pero no decía Antonio Machado que la verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero?

82 AÑOS DE ANTONIO MACHADO

PROVERBIOS Y CANTARES

I
Nunca perseguí la gloria
ni dejar en la memoria
de los hombres mi canción;
yo amo los mundos sutiles,
ingrávidos y gentiles
como pompas de jabón.
Me gusta verlos pintarse
de sol y grana, volar
bajo el cielo azul, temblar
súbitamente y quebrarse.

V
Ni vale nada el fruto
cogido sin sazón…
Ni aunque te elogie un bruto
ha de tener razón.

VI
De lo que llaman los hombres
virtud, justicia y bondad,
una mitad es envidia,
y la otra no es caridad.

VII
Yo he visto garras fieras en las pulidas manos;
conozco grajos mélicos y líricos marranos…
El más truhan se lleva la mano al corazón,
y el bruto más espeso se carga de razón.

XIII
Es el mejor de los buenos
quien sabe que en esta vida
todo es cuestión de medida
un poco más, algo menos…

XIV
Virtud es la alegría que alivia el corazón
más grave y desarruga el ceño de Catón.
El bueno es el que guarda, cual venta del camino,
para el sediento, el agua; para el borracho, el vino.

TIAGO FERRO: EL PADRE DE LA NIÑA MUERTA

Portada de "El padre de la niña muerta" en español

Tiago Ferro es maestro de Historia Social y crítico literario. Nació en 1976 (Sao Paulo, Brasil). Acreedor del premio Jabuti (2019), el más prestigioso de las letras brasileñas junto con el Machado de Asís. Recientemente publicó “El padre de la niña muerta”, donde recrea el vacío y dolor por la muerte de su propia hija, a la edad de 8 años, víctima de una miocarditis.

La experiencia relatada en el libro, editado por Tusquets, va más allá del inventario del dolor. Se lee igual de urgente que lo escribió, como describen en una entrevista para la BBC, y combina diversos formatos a los que todavía no estamos acostumbrados los lectores tradicionales, acompañando las reflexiones con estados de WhatsApp o correos electrónicos. Al dolor por la pérdida suma las más diversas visiones críticas sobre el mundo contemporáneo que le rodea: música, política, cinematografía, medicina, política, sociedad y otros.

Un libro cuyo ritmo grave y acelerado, no deja tiempo a pensar, o sí, sobre una pérdida insondable, en la que en atención a nuestro criterio natural, no desearíamos nunca que nos sucediera. Obra en la que los lectores españoles, por ejemplo, encontrarán similitudes con “La hora violeta· de Sergio del Molino, sin ir más lejos.

Tiago gusta de repartir esos sueños tan temibles en fragmentos más o menos cortos, a modo de caleidoscopio o de piezas aparentemente dispersas, que luego lograr conectar con el conjunto. Él había pensado iniciarlo a modo de diario, con las primeras gestiones post mortem (acta de defunción, burocracia, presiones sociales, et) pero luego tomaron rumbo propio a través de una crónica más sofisticada.

Más información en:
https://www.bbc.com/mundo/noticias-55709093

EL FALSO MITO DEL GÓTICO ANDINO

Llueve. El viento me restriega algunas gotas por la cara. Cierro los ojos. Contengo la respiración. Un ejercicio de invierno para el credo de los nómadas. Leo “Las voladoras”, un compendio de ocho cuentos donde lo fantástico se mezcla con una geografía de páramos, cóndores, tardes oscuras y mujeres con fama de brujas. Su autora es Mónica Ojeda, escritora guayaquileña cuya notoriedad resulta incontestable, después de la publicación de obras anteriores como “Nefando” o “Mandíbula”.

He aquí que muchos medios de comunicación, aventurándose en no sé qué hipótesis, la consideran como precursora o inventora del “gótico andino”, entendiendo como tal algo que con anterioridad –afirman- no existía y por ende, como toda novedad extraordinaria, gustarán en vender el gótico andino como el último grito de la narrativa latinoamericana.

Gótico andino. Sin lugar a dudas, una invención inteligente. Hermosa combinación de términos que, con el discurso apropiado, resulta sumamente atractivo a propios y ajenos, o incluso a los periodistas, que se dejan llevar por este antojo de realismo mágico sin haber puesto un pie en un pueblo del interior en Ecuador, o con escaso conocimiento de contexto.

Sin embargo, no ya el gótico andino, sino el en significado que se le preste, ha habido mucho y diverso desde el principio de los tiempos en Ecuador, o incluso si nos atreviéramos a desglosar cualquiera de sus elementos de corte fantástico o ciencia ficción presentes en su definición.

Sin ir más lejos, se puede acudir a aquel Francisco Campos Coello, el “Julio Verne” ecuatoriano que nos dejara notables ejemplos escritos en cuentos y novelas; el propio personaje de “Pepe Tijeras” creado por Juan León Mera, por otra parte autor de “Cumandá”. También otros como Abelardo Iturralde, Manuel Gallegos Naranjo o Pablo Palacio, uno de los más tenebrosos y surrealistas escritores ecuatorianos a mitad del siglo XX.

Pero quizás, en relación a las voladoras y por lo que implica en este caso, conviene referirse al cuento “El triángulo de las brujas” que escribiera Edgar Allan García unos cuantos años atrás, basándose a su vez en la existencia de una triángulo mágico –una suerte de Triángulo de las Bermudas brujeril-, entre las localidades de Mira, Urcuquí y Pimampiro, una hora y media la norte de la ciudad de Quito.

Triángulo en cuyo solsticio u origen habitaban unas mujeres que de día lucían como resulta usual en la vida cotidiana, pero de noche se ponían sus mujeres vestidos y echaban a volar, con el propósito de anunciar las noticias por aquí y allá, adelantándose a los acontecimientos, o también gustaban de persuadir a los hombres incautos, a modo de que como practicaban las sirenas de la mitología clásica o las lamias de la vasca.

Estas historias están muy presentes, hoy en día, tanto en las citadas poblaciones, como en sus aledaños y aún en el folklore; circulan de boca en boca; transitan en la mente de quienes se detienen a escuchar la vida cotidiana, en silencio; aparecen comúnmente reseñadas y con frecuencia, en forma de reportajes, entrevistas, noticias y reseñas, en los medios del país.

A medio camino entre el mito y la verdad. En la tradición. En el golpe de la cordillera. Huelen a lo ancestral. Y lo más sorprendente, parece que las voladoras no resultan algo exclusivo de la identidad andina, sino con un marcado origen en lo colonial hispano.

Efectivamente, circula la teoría de que las brujas de Mira tienen su origen en tierras de España, allá por el siglo XVII, tal vez provenientes de Cuenca, Extremadura o incluso los páramos de Cernégula, en los que mi abuelo trabajó durante algún tiempo como guardés en una finca de aquellos remotos y desolados campos al norte de Burgos, no muy lejos de Poza de la Sal, por otro lado terrenos célebres no solo por el tema de las brujas, sino también por el frecuente presencia y avistamiento de lobos.

El antropólogo español Josep María Ferigcla expuso esta tesis en su texto “Supervivencia de la brujería medieval española en el Ecuador actual”, señalando entre otras cuestiones que “cuando más arreciaron en España las actuaciones del tribunal católico de la Santa Inquisición y la Justicia Ordinaria, un grupo de brujas castellanas o extremeñas se trasladó –o fue trasladado forzosamente- a Ecuador (…) una vez en territorio ecuatoriano, este grupo hipotético de brujas buscó un lugar adecuado para establecerse y habiéndolo hallado en el lugar de la actual Mira, instalaron su residencia”

Anahí Villena Scaccia también escribió en 2017 “Creación de una obra de teatro a partir del estudio de los personajes de la leyenda popular ‘El triángulo de las brujas’ en versión de Edgar Allan García” bajo la dirección del Mgs. Jaime Garrido Chauvín, y que luego debió ser representada con notable éxito de público y crítica.

Pero sin lugar a dudas, la mejor forma de desentrañar el misterio de las voladoras, resulta de leer a Amaranta Pico, reconocida antropóloga en estas cuestiones, que en septiembre de 2017 publicó a través de la Universidad Andina “Voladoras, la red invisible del relato”, a su vez un trabajo algunos años anterior a la fecha mencionada. Un universo breve pero hermoso, el suyo, donde nos sumerge en el mundo de las brujas de aquel triángulo mágico. Concretamente la historia de Mira, basándose para ello en el testimonio de sus pobladores más longevos, cuya memoria aún conserva las historias de cuantas voladoras poblaron aquellos cielos más allá de la caída y posterior huida de sol.

Otra obra interesantísima que aborda la cuestión es “Memorias de Mira. Leyendas, canciones, juegos, refranes, adivinanzas, decires” de Rosa Cecilia Ramírez Muñoz. En todo caso, el lugar predilecto para saber de las voladoras, la Esquina del mentidero, en el parque central de Mira, donde todas las tardes la gente acostumbra a reunirse en torno al bullicio y la conversación.

Qué mejor que los nombrados y otros tantos más, para que la jet set literaria no os dé gato por liebre, ni gótico por andino.

CATHERINE DOMAIN, LA PRIMERA LIBRERA DE VIAJES

Catherine Domain, la primera librera de viajes
© Cesión de Catherine Domain en exclusiva a Traveler.es

Gastó todo el dinero destinado a su dote a recorrer el globo: en lugar de contraer matrimonio, le juró amor eterno a lo extraño y remoto. En 1971, abrió Ulysse en la isla de Saint Louis, París.

“Los libros son igual que tierras incógnitas, y los lectores, sus exploradores”. Así compara sus dos grandes pasiones Catherine Domain, fundadora de Ulysse, una librería pionera especializada exclusivamente en libros de viaje.

La idea se le ocurrió entre Colombo y Surubaya. Por entonces, esta mujer nacida en la Argelia francesa llevaba una década dando vueltas: de la pampa patagónica a los desiertos de Mongolia, de Ciudad del Cabo a El Cairo, de Francia a Nepal en un minibús del hippie trail… Sin otro pretexto más allá de la curiosidad.

Se gastó el dinero destinado a su dote recorriendo el globo; en lugar de contraer matrimonio, le juró amor eterno a lo extraño y remoto. Sabía por experiencia cuán difícil era conseguir información y guías de países donde ella era la primera turista. Por eso, en 1971 abrió una librería diminuta en París, en la isla de Saint Louis.

Veinticinco metros cuadrados donde se condensan todos los continentes y océanos. Primera escala obligada para escritores y viajeros. Aquí han recalado Bruce Chatwin, Nicolas Bouvier, Théodore Monod, Michel Peissel, T’serstevens… o Hugo Pratt y Ella Maillart (estos dos últimos fueron los padrinos de Ulysse, además).

Y no, no es una librería cualquiera: “Esta es una librería especializada a la antigua”, avisa un cartel en Ulysse. “No es un self service tipo grandes almacenes y buquinistas. Esto tampoco es una biblioteca. Usted no puede encontrar un libro por sí solo; por el contrario, puede establecer relaciones humanas con la librera, si así lo desea. Para quien no capte la indirecta: hay tres filas de libros en cada estantería, con una densidad tal que provoca caídas, y una sola librera para colocarlos en el orden preciso. En resumen: librería no formateada con un solo motor de búsqueda”. Hablamos con ese motor, con Catherine, y a través del teléfono.

“Leer está bien, pero es mejor ir y ver”. ¿Estás de acuerdo con la frase de Ella Maillart?

No es mejor, es diferente. Leer resulta una evasión extraordinaria que llevo experimentando desde los 10 años, cuando estaba interna en un colegio (el Couvent des Oiseaux) . Echaba de menos a la familia, me aburría todo el día y mi único afán era encontrarme con Alexandre Dumas a la luz de mi linterna, bajo las sábanas, y vivir todas las aventuras de los tres mosqueteros, visitar junto a Stevenson la isla del tesoro, que   me llevase al fin del mundo, etc.

¿Y tu primer gran viaje fuera de las páginas de un libro, cuál fue?

El primer viaje que hice fue con 11 años, a un internado de religiosas irlandesas en Inglaterra; cogí el avión sola y me encontré de repente en un mundo donde no entendía el idioma, las palabras me sonaban a chino, la comida me parecía bastante asquerosa, las costumbres inverosímiles…

En resumen: un universo profundamente chocante. Fue como cortarme el cordón umbilical… ¡me invadió un sentimiento de independencia formidable!

Más tarde, en 1959, cuando tenía 17 años, obtuve una beca del American Field Service para pasar un año con una familia en California; aquella estancia fue tan extraordinaria, que me dije: “Si este país, Estados Unidos, es tan maravilloso y tan diferente al mío… ¡cómo será el resto de la Tierra, tengo que conocerla!”.

Y te tiraste una década viajando sin parar… Ya lo decía Kavafis, ¿no? “Cuando emprendas tu viaje a Ítaca pide que el camino sea largo, lleno de aventuras”. Cuéntanos algunas de tus vivencias.

La mayoría han sido experiencias afables (como un flechazo que tuve en Leptis Magna) , pero también me he visto en algunas situaciones de peligro: un terremoto en Nueva Guinea, una amenaza con pistola en Siria

¿Y ya les parecía bien a tus padres tener a su hija de 18 años dando tumbos por no se sabe dónde?

Mi padre estaba feliz de ver que su hija se espabilaba; era gracioso, porque… ¡le daba mucha envidia! En cuanto a mi madre, me decía: “Cuando te marchas, me imagino que estás muerta; si no, estaría preocupada todo el rato”.

La segunda vez que diste la vuelta al mundo ibas con un presupuesto de un dólar al día. ¿Cuál es el truco?

No hay truco: comer a base de plátanos, asearse en los baños de los hoteles 5 estrellas, dormir en un armario empotrado o sobre una mesa de cocina, no quitarle el ojo de encima al monedero y saber que si te pasas del presupuesto establecido, la duración del viaje se acorta. De todas formas, hace cuarenta o cincuenta años un dólar era una suma de dinero considerable

¿Viajabas sola?

En mis debuts viajaba con Roland, un amigo al que seguía enganchada como una rémora a un tiburón; me lo enseñó todo del viaje: a ahorrar, a ser precavida… Pero cuando me solté de él, me encantó eso de moverme según me apeteciera y vivir el día a día sin comprometerme con nadie. Lo mejor es viajar sola, incontestablemente.

¿Era arriesgado, para una mujer, viajar así, en solitario, en los años sesenta?

A mí ser mujer me ha abierto siempre muchas puertas… Lo peligroso es meterse en situaciones de las que no se puede escapar. Cuando anochecía era más seguro ponerse a cubierto que deambular sola por bares y discotecas. Solo hay que tener sentido común, evaluar riesgos y ser un poco actriz si la circunstancia lo requiere: no mostrar nunca miedo, parecer que sabes exactamente adónde vas y lo que haces, inventarse un oficio o un marido grandote…

¿Sigue siendo necesario interpretar esta comedia hoy por hoy?

Creo que en algunos países sí, depende de la población masculina. En cualquier caso, el viaje ha cambiado mucho; ahora, vistas las hordas que se esparcen por doquier,  os autóctonos están más acostumbrados a encontrarse con mujeres solas.

Volvamos con Ella Maillart: “Recorrer el mundo solo sirve para matar el tiempo. Uno regresa igual de insatisfecho que parte. Es necesario hacer algo más”. ¿Por eso te convertiste en librera?

Al cabo de diez años de vagabundeos, estaba harta de mi pequeña maleta (nunca voy con mochila, porque te etiquetan enseguida) . Quería hacer algo en la vida, no estar siempre en otra parte… Concluí que la única opción para ser independiente y seguir viajando aun estando fija en un sitio era abrir una librería de viajes, algo que no existía en ningún otro lugar del mundo.

Hay una “travel bookstore” en Londres, la Stanford’s, que se fundó en 1853…

Sí, cierto, pero en sus comienzos no vendía más que mapas. La librería Ulysse, tal y como yo la concebí en 1971, ofrece una documentación variada, con libros, revistas y mapas, nuevos, viejos y de ocasión, sobre todos los países y materias. Esto no existía en ninguna otra parte, y la mejor prueba de ello es que todas las librerías de viaje que se crearon a continuación han pasado antes por Ulysse o por alguna de sus émulas.

En España está la librería Altaïr , por ejemplo.

Su fundador, Alberto Padrol, ¡es amigo mío! Y justamente tuvo la idea después de descubrir Ulysse. Saliendo de mi librería, comentó con su esposa: “¿Y si hacemos lo mismo en Barcelona?” “¡Pues claro, adelante!”, les animé. Ahora hay librerías de viaje tan bellas que me dan un poco de envidia cuando veo sus fotos en revistas.

¿Y qué futuro les espera, con la competencia de Amazon, a estos establecimientos?

El futuro de las librerías está amenazado, al menos en Francia; pero lo virtual no puede satisfacernos por completo, es necesario salir de uno mismo, establecer contactos. La confrontación con la realidad física es vital, el viaje es una confrontación con la realidad física de un lugar y su arraigo en el tiempo, y una librería de viajes es el inicio de esta confrontación física, sobre todo cuando la librera que te aconseja tiene experiencia como viajera. El libro estimula la reflexión y la curiosidad; es indispensable, pero… ¿sabrá seguir luchando? Por otro lado, también me pregunto: ¿es grave que la cultura cambie de soporte? Personalmente, me parece que no se sopesa lo suficiente la influencia de las pantallas en los niños, la rapidez del copiar y pegar, la rapidez de olvidar

¡Y la rapidez de los viajes! ¿Se ha cargado Ryanair el viaje reflexivo y lento?

Sigue habiendo viajeros reflexivos y lentos, lo que pasa es que nunca han sido numerosos, ni ahora ni antes.

Por eso tampoco abunda la literatura de viajes…

Precisamente por eso creé el Premio Pierre Loti en 2006, para reconocer a los mejores relatos de viaje en lengua francesa.

_Los finalistas de este 2019 han sido Daniel Vigne (con La maison des hommes), Marc Alaux (Ivre de steppes), Jean-François Diné (De Tahití à Singapour), Nicolas Jolivot (Japon, à pied sous les volcans) y Jean-Yves Fredriksen (Vol au-dessus de l’Himalaya). Todos hombres…_

Todavía no hay demasiadas mujeres, no, pero ya llegarán.

Recomiéndenos algún libro de viajes escrito por una mujer.

El libro de viajes más bello escrito por una mujer coetánea nuestra es L’Antivoyage , de Muriel Cerf. Cuando lo leí, pensé: “No vale la pena que te rompas la cabeza, ¡tú nunca podrás hacerlo mejor!”. Luego, echando la vista atrás, tenemos a Alexandra David-Néel, Ella Maillart, Odette du Puigaudeau, Anita Conti… y todas las autoras que escribían en la revista Le Tour du Monde.

Debe de ser complicado elegir un preferido entre los más de veinte mil libros que atesoras en Ulysse…

Para mí, los libros más preciados son aquellos que no se encuentran en Internet; su precio puede ser mínimo, pero eso no impide que sean ejemplares valiosos y raros. La obra más hermosa que hay en mi librería es L’usage du monde (Los caminos del mundo), de Nicolas Bouvier. Nicolas era amigo mío, y este libro es la esencia misma del viaje; aunque cuando se publicó no tuviera ningún éxito, porque la gente todavía no viajaba y no lo entendieron.

Para conocer un país, ¿una guía de viajes o mejor literatura y poesía?

Conocer un país requiere mucho tiempo, y todo resulta útil. Lo mejor es leer antes de ir (una guía, para no perderse sitios de interés), leer durante (poesía) y leer después (todo) .

Dicen que eres capaz de hallar cualquier libro inencontrable… ¿Es cierto?

Bueno, tengo mis medios… Y a mi clientela no le gustan las reediciones revisadas, modificadas y corregidas.

¿Cuál es la última joya que has conseguido?

Ecuador, el diario de viajes de Henri Michaux, en su edición original.

Esta faceta tuya podría explicar que seas miembro de la Sociedad de Exploradores Francesa (también has recibido un premio de la Sociedad Geográfica Española y el Orden del Mérito Nacional de Francia) … ¿Te consideras una exploradora?

En absoluto. Pero ello no quita que haya estado en lugares donde yo he sido la primera turista.

Además, eres miembro del Club Internacional de los Grandes Viajeros, al que solo pueden pertenecer quienes hayan visitado cincuenta países como mínimo. ¿Cuántos llevas tú?

Pues ya no lo sé, porque los países tan pronto aparecen como desaparecen, pero alrededor de ciento ochenta

¿Y con qué destinos te gustaría ampliar el número?

Con Mozambique, con una ruta arquitectónica por ciudades antiguas y ultramodernas de China, con Guilin, Camboya y Laos, con la isla de Juan Fernández, con la isla parisina de Platais… ¡Pero no es una lista exhaustiva!

Comentaba Pierre Loti —quien, por cierto, era buen amigo del padre de Catherine—: “El espíritu se adormece con el hábito de los viajes; uno se acostumbra a todo… a los sitios exóticos más singulares y a los rostros más asombrosos”. Respóndele.

Es la reflexión de un marino que no quiere desembarcar de su nave, ¡lo cual ocurre a menudo!

¿Tú sigues viajando con el mismo espíritu que al principio?

¡Espero que sí! Tan solo que ahora resulta más difícil evitar las muchedumbres… Emprendo un gran viaje al año, generalmente en velero, por el Mediterráneo o el Pacífico. Una de mis navegaciones más hermosas fue a las islas Kiribati.

Tienes cierta debilidad por las islas, ¿no es así? La propia Ulysse se encuentra en una (aunque el agua que la rodea no sea la de un océano, sino la del Sena). Incluso has fundado el Club de las pequeñas islas del mundo (formado por aquellas con menos de 3.000 habitantes o que pueden recorrerse a pie en 24 horas). ¿Por qué te atraen tanto las geografías insulares?

Porque los isleños están obligados a partir, o al menos a tener la sensación de que pueden partir y escapar de la opresión del encierro. Adoro a los tahitianos, capaces de saltar a un barco que zarpa sin ninguna premeditación. Adoro también la humanidad, la flora y la fauna que medra en una isla de forma completamente original según el terreno, el clima, la historia… Sus endemismos las hacen fascinantes.

La pregunta aquí es inevitable: tranquila, que no vamos a preguntarte por qué libro te llevarías a una isla desierta, sino por un libro que nos haga viajar, leyendo, a una isla.

La dernière île, de Bernard Gorsky. Está descatalogado, ¡pero siempre nos quedará Defoe y Robinson Crusoe! Ah, y a una isla desierta me llevaría (además de papel y lápices para escribir) un libro que no hubiese leído, con las páginas por abrir, virgen todavía en mi estantería, y que no tuviese nada que ver con el destino, para vivir un viaje distinto al viaje físico.

“¿Por qué tanto viajar si podemos encontrar la respuesta y la sabiduría en los libros?”, disertaba Ella Maillart, y continuaba: “Yo no soy nada libresca; las palabras no son suficientes para mí. Necesito conocer a las personas en las que reside esa sabiduría”.

Siempre digo que los viajes han sido mi universidad; en ellos he aprendido la diferencia, la tolerancia, la admiración, la humildad… Viajo por las ganas de descubrirlo todo y por una necesidad inconsciente de estar en otra parte, lejos. Sin embargo, para mí viajar no es una huida, tampoco son vacaciones, es continuar viviendo pero de una manera más ligera.

Catherine Domain se despide con un cordial voyageusement en los emails; algo así como “viajeramente”.

PREFERENCIAS VIAJERAS DE CATHERINE DOMAIN

Un océano: el Pacífic
Una isla: Mozambique, que aún no la he visitado
Un desierto: el Sinaí
Una montaña: Peñas de Aya
Un río: el Irawadi
Un pueblo: Monflanquin
Una ciudad: Venecia
Un hotel: Raya, en Panarea
Un museo: Guggenheim de Bilbao
Un café-restaurante: el del palacio-museo Topkapi
Una comida: las lentejas de Mafate, en isla Reunión.
Una música: la de Cabo Verde.
Un medio de transporte: el camello.
Un souvenir: las cartas náuticas del Pacífico en madera y conchas que tengo en la librería
Ver amanecer o anochecer: los dos, a bordo del Volpaia. El amanecer más bonito que he visto ha sido en la playa de Les Deux Jumeaux, en Hendaya, y el anochecer, un resplandor verde en Croacia.

Autora: Meritxell Anfitrite
Fecha: 7 de marzo de 2019
Fuente: http://www.traveler.es
Publicada con indicación expresa del autor, fuente y fecha; y, sin ánimo de lucro.

JORGE IBARGÜENGOITIA: EL VUELO QUE NUNCA LLEGÓ

Jorge Ibargüengoitia es el escritor que todos hubieran querido tener. Un hombre bueno, con una memoria prodigiosa, un dominio absoluto de la narrativa y una capacidad asombrosa para representar la realidad y, lo mejor de todo, que renunció al gigantismo propio de la clase intelectual. Lo tuvo México, el país que le vio nacer. Le dio a todos los los palos, de forma sobresaliente: cronista, narrador para un público adulto, contador de historias para el lector infantil y juvenil, manejó la ironía y sátira sin parangón, en fin, todo fueron bienes en su haber.

Sin embargo, una tragedia se cruzó en su vida. Un vuelo de Avianca con destino a Bogotá, tenía previsto hacer escala en Madrid pero terminó estrellándose en la localidad de Mejorada del Campo, sito en las cercanías del aeropuerto de Barajas. El vuelo de la muerte, llamado en su época, porque segó la vida de un grupo de intelectuales que iban camino de un encuentro de alto calibre a Bogotá, a invitación del por entonces presidente del Colombia. Junto a Jorge Ibargüengoitia -mexicano-, también perdieron la vida Marta Traba, grandísima escritora argentina y muy querida en Colombia; Ángel Rama, esposo de Marta y brillante ensayista uruguayo; Manuel Scorza, escritor peruano; y Rosa Sabater, pianista española. La fecha para recordar: madrugada del 27 de noviembre de 1983.

Hoy en día, la literatura de Jorge Ibargüengoitia permanece plenamente vigente, a pesar de su temprana muerte, incluso albergando el sentimiento de que echamos de menos mentes tan lúcidas y potentes como aquellas, las del México de Carlos Fuentes, Octavio Paz y otros tantos que se fueron y dejaron las letras huérfanas de pesos pesados.

Otro día tal vez convenga referirse de forma más extensa a la obra del este escritor mexicano, del que por ahora valgan estas declaraciones cuando en 1981 presentó en Madrid su más reciente obra:

«En realidad yo no tengo nada que ver con el boom. Cuando yo decidí ser escritor se suponía que un escritor es un señor que, poco más o menos, se muere de hambre, así que me resigné a ser pobre. Un escritor latinoamericano no gana dinero, o gana poquísimo. No había esperanza por ese lado. De repente aparecen dos desgraciados, Gabriel García Márquez y Vargas Llosa, que no sólo escriben bien, sino que además, ganan dinero. Me produjeron cierta inestabilidad. Me metí en lo que los ingleses llaman la carrera de las ratas: uno, que no lo esperaba, tiene que andar corriendo para que no lo dejen atrás los que andaban junto… Vargas cuenta en La tía Julia y el escribidor, que, cuando quiso ser escritor, de niño, sabía que tendría que irse a París a vivir en una buhardilla del barrio Latino. A mí no se me ocurrió: yo pensaba que, como dice el refrán, “el que es perico, onde quiera es verde”, pero el caso es que Vargas se fue a París y allí no aprendió nada: lo aprendió en Barcelona, que fue donde se vino. En fin, la idea es que hay que salir del seno materno para hablar del seno materno… Yo no me fui a ningún lado. Me quedé y… llevo diez años de retraso. Ahora vivo en París y vengo mucho por Barcelona»

LA MÁQUINA

Los dos goles de Maradona contra Inglaterra en 1986 se parecen bastante a una parábola de, quizás, lo que nos gustaría ser

Leila Guerrero

Han pasado muchas horas desde la muerte de Maradona. Este jueves y, hasta hace un rato, la gente continuaba haciendo largas filas para ver su féretro ubicado en la Casa Rosada, la residencia del Gobierno nacional, en Buenos Aires. Ahora hay disturbios, detenidos, y el velatorio se dio por terminado. Pero, en la mañana, miles de personas coreaban su nombre y lloraban, diciendo “Diego fue la única persona que me hizo feliz”. Vi, entre tanta cosa, una pancarta con una frase, atribuida al escritor argentino Roberto Fontanarrosa y utilizada en estas horas muy profusamente: “No importa lo que hiciste con tu vida, sino lo que hiciste con la nuestra”. Pensé: “Qué barbaridad”.

La mañana del día en que Maradona murió ―miércoles 25 de noviembre, por infarto y mientras dormía― yo me quedé tuerta: desperté con un ojo cerrado. Fui a la clínica. Tenía una glándula del párpado inflamada y me recetaron un antibiótico local, una sustancia viscosa que me deja ciega. Volví a casa, me puse a trabajar. Pocos minutos después recibí un mensaje en el teléfono en el que me anunciaban su muerte. Con los ojos nublados por el antibiótico, creí haber leído mal. El mensaje, además, era confuso, ambiguo. Respondí corto: “¿Maradona?”. “Sí, el 10. Chequealo”, me dijeron. Revisé diarios, varias cuentas de Twitter: nada. En un mundo fulminado por noticias falsas, pensé que esta era una más. Ya lo habían matado durante el Mundial de Rusia, en 2018, cuando después del partido de Argentina contra Nigeria se había descompensado y llegaron a las redacciones audios de WhatsApp en los que un hombre le daba a entender a otro que Diego había muerto. El audio era falso, pero recorrió el planeta en segundos gracias a las redes sociales, y los medios de comunicación se empapelaron con la noticia de su fallecimiento. Así que esperé.

Me detengo, ahora, en ese instante. En esos minutos en los que sentí tanto la urgencia de la confirmación como la esperanza de que no se confirmara. Era un miércoles sin nada en particular en una ciudad astillada por la crisis, en un país camino a ser una versión mejorada ―o sea, empeorada― de sí mismo: la mitad de nuestra población es pobre, las cifras más fatídicas de nuestra historia. Durante esa espera llegaron algunos correos. Ninguno de ellos aludía a Maradona. Tomé ese silencio como la confirmación de que no había pasado nada. “Si la noticia fuera cierta”, me dije, “no se estaría hablando de otra cosa”. Pero también me pregunté por qué sentía esa zozobra. Por qué temía que se confirmara la muerte de una persona a la que no había conocido, que se había dedicado a un deporte que solo me interesa durante los mundiales y cuando juega la selección de mi país (que es, por cierto, Argentina).

La muerte se confirmó minutos después. A partir de ese momento, aforismos: que si ahora dios le daba la mano a dios, que si el barrilete había levantado vuelo, que si te fuiste a patear la pelota al paraíso. Esas cosas. Yo pensé en el forense que iba a practicarle la autopsia: en cómo se abre el cuerpo de un hombre así.

La memoria dispara comentarios raros. De pronto, recordé dónde estaba al enterarme de que Maradona había sido expulsado de un Mundial. Tuve que buscar la información, porque ni idea: Estados Unidos, 1994. Yo estaba en el centro de Buenos Aires y vi, en un bar muy pequeño, gente amontonada frente a un televisor. En el videograph, la noticia: Maradona quedaba fuera del campeonato porque el control antidoping había resultado positivo. Recuerdo perfectamente lo que sentí: que se había perpetrado un sacrificio de sangre. Una condena. Todos lo decían: no había posibilidades de que jugara el siguiente Mundial. Era inhumano que le quitaran, sabiendo lo que hacían, su última vez. Poco después él dijo aquello de “Me cortaron las piernas”, una declaración sacrificial y dramática en la que veo, ahora, el principio de demasiadas cosas.

Maradona se retiró del fútbol en 1997. Siempre me pregunté cómo se sobrevive a la certeza de que el momento más glorioso de la vida ―el rugido de una multitud en un campo de césped, recibiendo a su bestia más excepcional― ya pasó. Uno, humano simple, mortal común, suele no saber si ese momento llegará alguna vez, o si ha quedado atrás. Y entonces, eso: cómo será saber que no habrá nada parecido. ¿Los nietos por venir, la compra de un Ferrari o de una casa nueva, algo de eso es comparable con haber estado en el Olimpo no una vez, sino mil? ¿De qué hay que estar hecho para soportar una existencia común cuando se ha probado existir entre los dioses?

Seguí su vida, después, como quien convive con un paisaje escabroso: más flaco, más gordo, menemista, delarruista, cristinista, guevarista, adicto, adicto recuperado, adicto otra vez, padre de hijos a los que no quería reconocer, padre de hijas a las que quería con locura, esposo, exesposo, expadre, exnovio, prepotente, divertido, pendenciero, contradictorio, machista, caprichoso, payaso, inteligente. Era alguien que había nacido en un barrio pobre, que se decía parte del pueblo, que fumaba habanos con Fidel, que estaba tapizado de relojes caros y se codeaba con los jeques más recalcitrantes de Dubái. Que llamaba “ladrones” a los dirigentes de la FIFA antes de que nadie se atreviera a hacerlo, que le decía “pibe” burlonamente a una travesti, y que disparaba con un rifle de aire comprimido a periodistas que montaban guardia ante su casa. No sé si era un compendio de la argentinidad, porque no sé qué es la argentinidad, ni conozco a nadie que quiera tener una vida como la suya excepto en la dimensión futbolística, pero esos dos goles a los ingleses que hizo en 1986 en el mundial de México, el primero con la mano y el segundo una pieza sinfónica que incluso una persona limitada como yo debe admirar de rodillas, se parecen bastante a una parábola de, quizás, lo que nos gustaría ser: tramposos redimidos, acometedores de trampas aviesas avaladas por genialidades de calibre inhumano. Yo no sé, la verdad, si alguna vez llegamos ―llegaremos― a eso, pero allí donde uno viajara ―Indonesia, Zimbabue, Alemania―, él era nuestro sinónimo: apenas uno se decía argentino, el interlocutor gritaba: “¡Maradona!”.

Maradona, antes de meter el segundo gol contra Inglaterra en el mundial de México 86.

Estuve viva mientras Maradona estuvo vivo, y eso me impresiona y me parece un desperdicio: muchos de los que esperaban hoy frente a la Casa Rosada tenían diez o quince o veinte años, nunca lo habían visto jugar más que en YouTube, y no conocieron de él, en tiempo real, más que la versión balbuceante de los últimos tiempos. Yo fui su contemporánea y, me jura el hombre con quien vivo, lo cruzamos en la fila de Migraciones del aeropuerto de Ezeiza cuando volvíamos de Dubái: ni siquiera me acuerdo.

Pero ahí estaban esta mañana los herederos de la leyenda, y también sus padres, esperando para rendirle homenaje. Muchos decían que gracias a Diego habían tenido su única alegría. A lo mejor era una forma de decir, una frase hecha, pero me apenó pensar que la única alegría de alguien pudo haber sido la contemplación de la gloria de otro. Y supongo que también es un gran peso: ser la máquina reproductora de la alegría nacional.

Maradona murió solo en una casa alquilada, al final de un año en el que, por la pandemia, casi no se juega al fútbol. Pienso en esa frase de la pancarta ―”No importa lo que hiciste con tu vida, importa lo que hiciste con la nuestra”― y sigo creyendo que es una catástrofe. Que, más que decirle “No te juzgo”, esa frase dice “No importa tu vida, importa que hayas existido por mí, para mí, para darme alegría y esperanza. Todo lo demás ―las drogas, la obesidad, la depresión, los amigos perdidos, las rodillas hechas polvo, la artrosis, las traiciones― te lo dejo: todo tuyo”. A lo mejor no es una frase de agradecimiento sino lo contrario. A lo mejor es un mensaje de vampiros.

Fuente: http://www.elpais.com
Autora: Leila Guerrero
Fecha: 27 noviembre 2020

LOS HORRORES DE LA GUERRA: GEORGE GROSZ

George Grosz (Berlín, Alemania, 1893 - 1959). Spain (España), 1937. Tinta a  plumilla y lápiz sobre papel Ingres. htt… | Ilustraciones, Artistas,  Historia del arte

George Grosz, la versión pictórica de los grandes cronistas y corresponsales de guerra. El artista alemán también tuvo el trágico privilegio de retratar las tres grandes guerras que asolaron la Europa occidental de la primera mita del siglo XX: la Primera y Segunda Guerra mundiales, y la Guerra Civil Española.

El presente trabajo a plumilla está fechado en 1937 y cuelga en alguna parte del Museo Reina Sofía en Madrid. El horror de la guerra, gloria y muerte sucesivas, lo peor del ser humano contenido en unos pocos trazos, o lo efímero de esta extraña belleza en que consiste dibujar un conflicto bélico.

Grozs fue compañero de John Dos Passos, del que pocos ya se acuerdan. También se declaró admirador de Robert Capa -recordemos, fotógrafo en la contienda civil española-. Algunos medios siguen conmemorando cuando dos de sus amigos neoyorquinos -Deyo Jacobs y Douglas Taylor-, brigadistas internacionales, desaparecieron en plena refriega y terminarían fusilados por las tropas franquistas.

Los horrores de la guerra constituyen caminos interminables. Echar la vista atrás para no perder la estela de la historia. Recordar. Arrancar las hojas. Dar de comer a la ignorancia de las ideologías posmodernas.

Aitor Arjol Bermejo
28 noviembre 2020

Fuentes:
https://elpais.com/cultura/2012/06/08/actualidad/1339167635_230362.html

FEDERICO GARCÍA LORCA: POESÍA Y MÚSICA

Federico García Lorca. Poco más debemos añadir. El legado de su poesía. Su pensamiento. Y aún así, cada día es posible renovar los aportes, sin caer en la redundancia. En este caso, su relación con la música.

El poeta granadino y la música siguen constituyendo una fuente inagotable de novedades en estudios, adaptación musical de sus poemas y noticias que como cuentas de rosario, vienen apareciendo en los diferentes medios de comunicación sin esperar a las típicas conmemoraciones.

Más allá del dilema de su juventud, al tener que decantarse por dedicarse a la poesía o música, conviene recordar que Federico fue alumno y después amigo de Manuel de Falla. De la misma forma, la obra de Lorca supone una constante referencia de imágenes, metáforas, tenores literales y referencias a la música popular.

De entre todo el universo lorquiano y sus cultivadores, hoy vienen a la imagen la opera “Público” que Mauricio Sotelo escribiera basándose en la obra de Lorca, el estupendo ensayo “Ángel, musa y duende: Federico García Lorca” escrito por Marco Antonio de la Ossa y publicado por Alpuerto hace unos cinco años, o “Los objetos de Federico García Lorca” de Rosario Moreno-Torres.

Si bien el poeta tenía como meta irse a estudiar música a París, finalmente se decantó por su extraordinaria obra poética y dramatúrgica, con una clara apuesta por la renovación del lenguaje y las nuevas formas propias de las vanguardias, pero sin perder de vista las tradiciones populares, siendo éste uno de los factores que le diferencia de sus homónimos de la Generación del 27 y su atracción por los tentáculos del Surrealismo.

No en vano, y como recuerda Marco Antonio de la Ossa, durante la Guerra Civil el propio bando republicano solía cantar su propia versión o “cover” de las Canciones Populares grabadas por Lorca junto con la Argentinita en 1931, amén de otra larga serie de cuestiones que le permitieron profundizar en la relación de Lorca con la música. De ellas destaca la presencia de Manuel de Falla

“Cuando don Manuel fue a Granada a vivir, Lorca —que había estudiado varias obras suyas— se acercó a su casa a presentarse y decirle que estaba muy interesado en conocerlo. Falla era muy estricto con sus alumnos y no cogía a cualquiera, pero este chico le cayó en gracia, quizá porque lo vio como el hijo que nunca tuvo. Estuvo muy pendiente de él y cuando se fue a estudiar a la Residencia se preocupó de que no se juntara con algunas compañías que consideraba perjudiciales para él, que fuera más pausado en las entrevistas y más recatado con su homosexualidad (…) Gracias a Falla, Lorca amplió sus estudios musicales y conoció todas las vanguardias que venían de Europa, y Lorca recitaba sus obras a Falla y le daba a conocer lo que hacían otros literatos”, señala al respecto Miguel Pérez Martín en una reseña publicada en el País.

De la Ossa también contrapone la personalidad de Falla, más formal y metafísico, con la propensión más alegre y derrochadora de Federico García Lorca, quien no obedecía a circunstancias u horario alguno para vivir, conocer gente o incluso escribir, habida cuenta de que también se relacionó con el círculo contemporáneos a través de su estancia en la Residencia de Estudiantes de Madrid, o durante el tiempo en que estuvo a cargo del teatro itinerante de La Barraca.

Otro aspecto interesante que explica la facilidad con la que su letra fuera asumida por cantaores, cantautores, letristas o ejecutantes musicales, es la relación de Lorca con el flamenco a partir del Concurso de Cante Jondo que organizara con Falla en la Granada de 1922, cuyas bases del concurso hicieran hincapié en diferenciar el Cante Jondo -de raigambre más ancestral y popular-, del cante flamenco que cada vez se aburguesaba más y caía en manos de los caciques y señoritos de cortijo, diluyéndose su esencia.

Por otro lado, no resultan menos interesantes las conferencias que, en materia musical ,el poeta dictara a lo largo de su vida, como Teoría y juego del duende o Arquitectura del Cante Jondo, sin olvidar los hechos y personas que se sucedieron en sus viajes por el continente americano, además de la península. El jazz de Nueva York, el tango de Buenos Aires, bolero, tal vez pasillos, podrían caben en su infinita maleta.

Fuentes:
https://elpais.com/cultura/2015/03/04/actualidad/1425462230_050543.html
https://elpais.com/cultura/2015/02/19/actualidad/1424370422_071251.html