¿ESTÁN DE MODA LOS CRETINOS EN QUITO?

Los cretinos están de moda. No hay más que ver lo que se habla de ellos a toda hora y en todo medio de comunicación que se precie, su presencia mediática en las redes sociales, las pasiones que convocan y la naturaleza exacerbada tanto de sus correligionarios como detractores.

Pero ¿qué es un cretino exactamente? La Real Academia de la Lengua –RAE- lo define por asimilación a otros sinónimos como estúpido, majadero, necio, burro, inepto, patán, lerdo, idiota, falto de talento, vulgar, inculto o pobre de espíritu, conformando un amplio espectro semántico donde el elemento central lo constituye precisamente el idiota mismo.

Aunque son términos completamente asimilables, el ciudadano de a pie está más familiarizado con el idiota o estúpido de toda la vida, ya que resultan más fácilmente comprendidos.

El  idiota no es más que un “tonto o corto de entendimiento”, el típico “engreído sin fundamento para ello” y finalmente el que “padece de idiocia” o “carece de toda instrucción” según señala la misma RAE, aunque desde el punto de vista etimológico, el idiota proviene del griego idiotes, es decir, aquel individuo que no se ocupaba de los asuntos públicos de la polis, sino de los suyos particulares o privados.

En cuanto al estúpido, se atribuye a Albert Einstein la afirmación de que “hay dos cosas infinitas: el Universo y la estupidez humana”, aunque también cuentan que el científico no estaba absolutamente seguro de lo primero.

Al respecto, resultan útiles los argumentos en torno a la estupidez debatidos en el programa “Para todos la 2” donde definían la misma como la “torpeza notable en comprender las cosas”, o en clara oposición a la inteligencia, con el matiz de que a veces uno puede ser estúpido a costa de la inteligencia –pasarse de listo- o aparentar estupidez como una forma de ser inteligente.

Un panelista del programa, especializado en cuestiones de desarrollo organizacional, hacía referencia a la estupidez como a “aquello que haces o dices, que va en contra del propio bienestar”, siendo la ignorancia su causa profunda, en claro detrimento a “cómo relacionarnos de forma más eficiente con nuestras circunstancias”.

Por otro lado, estúpido también viene del latín “estupere”, quedarse paralizado, en clara referencia a la ausencia o detención del pensamiento, entendido este último como capacidad lógico deductiva o de razonamiento. Pero además de constituir un insulto, la estupidez no excluye la ausencia de razonamiento, porque el estúpido también puede pensar pero de forma equivocada, provocando un “daño superior al beneficio que obtiene”.

Los itinerarios etimológicos de la estupidez también conducen al tonto e imbécil. Tonto guarda relación con el término attonare, procedente de la lengua latina, aquella parálisis a consecuencia de un ruido de grandísimas proporciones. En cuanto al imbécil, hay dos interpretaciones sobre su origen: la primera, el imbecilis del Imperio Romano, aquel que no llevaba bastón o báculo, asociado este último a las personas mayores que gozaban de consideración y estima por sus conocimientos; la otra, el imbellum del mismo periodo histórico, el que no resultaba apto para el ejercicio bélico en las legiones romanas.

Cretinos, imbéciles y estúpidos han sido tratados con profusión en la tradición literaria –en lo cual, no abundaré demasiado-, llegando incluso a asociar al estúpido con la consecución del éxito, lo cual no difiere mucho de la sociedad actual, donde parece que la mediocridad garantiza un éxito mayor que aquel producto del esfuerzo, la capacidad de razonamiento, el mérito a inteligencia. Paradójicamente, las redes sociales y los medios de comunicación otorgan mayor relevancia y cobertura a las mismas legiones de imbéciles caracterizadas por Umberto Eco.

En este orden de cuestiones, cabe preguntarse si actualmente somos más idiotas que antes, o por el contrario la idiotez ha resultado uniforme a lo largo de la historia, considerando que en cada época se cometieron  diferentes estupideces y ahora las mismas devienen severamente amplificadas por el oráculo de las redes sociales, los ofendidos y las performances.

Sea como fuere, conviene traer a colación un reciente fenómeno de cretinismo, estupidez, idiotez o imbecilidad en la ciudad de Quito, y que por extensión afecta al contexto vivencial de todo el país y su correspondiente historia –que recordemos, es la que hay-.

En efecto, de un tiempo a esta parte la capital ecuatoriana viene asistiendo a la aparición en la escena política, de un nutrido grupo de ciudadanos que propugnan un peligroso río ideológico de extrema derecha, donde concurren anacronías ideológicas tan absurdas como la defensa a ultranza de los valores cristianos, el porte de armas, y sobre todo, la “hispanidad”.

En ese contexto, y con motivo de la celebración de la fundación de la ciudad, el viernes 6 de diciembre de 2019, un monumento de bronce que representaba a Sebastián de Benalcázar, amaneció pintado de rojo con el mensaje de que “Quito no fue fundada, kitu fue saqueada e invadida. 485 años resistimos”, atribuyéndose la autoría de este acto tan “transgresor” y “revolucionario” los colectivos Acción Antifascista y Organización Formación y Combate. Una acción de similares características también alcanzó a la efigie de la Reina Isabel la Católica, en otra parte del centro de la ciudad.

Tales actos tuvieron amplia resonancia en las redes sociales, donde más que un debate convenientemente argumentado se montó un tinglado donde como reza el dicho, comulgaron con ruedas de molino y de cada diez cabezas, nueve embisten y ni siquiera una piensa. A todo ello debieron sumarse las numerosas faltas de ortografía y deficiencias de comprensión lectora que revelan, una vez más, lo ampliamente repartida que está la ignorancia.

En la misma línea de cretinismo, pero justamente en el otro extremo, los individuos que defienden el “hispanismo” habían acudido ante ambas efigies de Sebastián de Benalcázar y Reina Isabel la Católica, para festejar la fundación española de la ciudad y un ¡Viva España! que más bien nos recuerda a los tiempos oscuros de Millán Astray y los tristemente célebres “¡Muera la inteligencia!” y “¡Viva la muerte!”. Al mismo tiempo, redondearon sus actos con una puesta de escena más propia de sospechosos enaltecimientos.

Tales estupideces también vienen avaladas por una interpretación de la historia acorde sus propios presupuestos que, más allá de lo evidentemente cierto y razonable, pretenden enredar a los demás en discusiones sin término y en romper la natural convivencia. Nada más peligroso que los totalitarismos y la correlativa falta de madurez predominante en la sociedad.

LA MUERTE DE LA LIBRERÍA MÁS ANTIGUA DE MADRID

En enero de 2019, la célebre librería Nicolás Moya, “ubicada en la calle Carretas de Madrid desde 1862” anunciaba su cierre, con uno de esos carteles de “liquidación por cese de actividad”. Detrás quedaba una historia de siglo y medio, así como los títulos de la primera librería española en materia médica, y la más antigua de Madrid -junto con la mítica San Ginés-.

Factores como la crisis del libro, el deterioro de la cultura, la falta de interés lector y la insidiosa globalización económica dieron el empujón definitivo para un anuncio de que ha transcurrido un año.

La historia de la librería arranca 157 años atrás, cuando su fundador aún era menor de edad y tuvo que pedir permiso a sus padres para abrir un local especializado en la venta de libros médicos, y enseguida alcanzó un merecido estatus en la cercana comunicad de profesores, alumnos y demás interesados en la materia, sobre todo debido a la proximidad de la que terminaría por convertirse en la facultad de Medicina de la Universidad Complutense.

Las dependencias de la librería, por arte y obra de Nicolás Moya –su joven fundador- también se convirtieron en punto de encuentro para célebres médicos de la época e incluso grandes literatos familiarizados con la medicina. Fueron los casos de José de Letamendi, Federico Olóriz e incluso Santiago Ramón y Cajal, pues este último hizo de la librería las veces de tertulia en la trastienda de la misma, en paralelo a las reuniones literarias que escritores y poetas desarrollaban en otros espacios tradicionales de Madrid como el Café Gijón. Allá iban a escuchar al Premio Nobel de Medicina, a repartir conocimientos a diestro y siniestro o simplemente a hacerse eco de las novedades editoriales médicas que de otra forma no llegaban a España sino a través del salvoconducto de esta librería.

En 1915, la librería trasladaría su local del número 8 al 29 de la calle Carretas, donde se mantenía actualmente, debido a la muerte de su primer fundador. Las charlas de principios de siglo cesaron, pero el emblemático local prosiguió su camino añadiendo a su catálogo libros de otras disciplinas (náutica, agricultura, veterinaria), haciendo nuevamente del lugar un punto esencial de referencia para los respectivos profesionales y curiosos en las materias. Lo que no había en ninguna, al parecer, Moya lo tenía.

Durante el transcurso de la Guerra Civil sufrieron abundantes requisas y el negocio estuvo a punto de ir al traste, pero durante las primeras décadas de la posguerra volvieron a cierto punto de esplendor y así ha llegado hasta nuestros días, en que la propia dinámica económica y social lo fue sumiendo en un lento pero implacable deterioro.

Ciertamente, cuando sus actuales dueños anunciaron su intención de cerrar el negocio, la noticia corrió como la pólvora por los principales medios de comunicación del país, y removieron algunas tímidas conciencias en las redes sociales, como es habitual en estos casos: apelaciones a la conciencia, tristeza por el cierre de una librería emblemática, expresiones escritas de solidaridad y poco más por evitar que echaran abajo el telón.

Gema Moya, actual dueña y en quien converge la actual generación de su fundador tatarabuelo, declaraba en un medio de prensa que “es tan simple como que no se venden libros porque nadie quiere libros” y que “los estudiantes ya ni vienen por curiosidad”.

Después de un año, los libros están a un 50% de descuento en su mayor parte, frente al hecho insólito de que las calles de Madrid u otras muchas capitales se ven invadidas por masas ávidas de consumo en estas fechas navideñas. El libro, sin embargo, importa poco y Gema concluye que “claro que da pena, al fin y al cabo, es un negocio familiar, y cuesta mucho pensar que esto va a desaparecer, pero no somos los únicos. Este año han desaparecido muchas librerías y el año que viene desaparecerán más”.

Con el cierre de esta mítica librería de más de un siglo y media de historia, u de otras, se va una parte de nuestra memoria. Un hecho consustancial al propio desarrollo, sobre todo debido a la irrupción de los centros comerciales, el comercio electrónico, y las explosivas transformaciones en los hábitos de consumo. Mientras tanto, al impúdico y a veces hipócrita colectivo social, cuanto más le quedarán un bostezo de nostalgia y la conciencia tranquila, pues ya expresaron su tristeza en alguna parte de las redes sociales o de este bendito mundo.

LOS MONSTRUOS DE QUITO: DEL CHUZALONGO AL NIÑO DEL TERROR

Si alguno de aquellos cronistas de Indias levantaran hoy la cabeza, en plena celebración de la fundación de la ciudad, se darían de bruces con una realidad pasmosa, de esas con la que estarían rascándose las sienes, ellos tan crédulos, y nosotros tan avenidos a redundar en actitudes del pasado.

¿Qué pensarían aquellos cronistas de nuestras chivas de hoy, deslizándose por las principales vías de la ciudad, al son de una mixtura de trago, paciencia y brío acomodado en el reducido espacio de la parte de atrás del vehículo? ¡Válgame dios vuestras mercedes de ultramar, que acabamos de ver una ballena con ruedas, la cual destila bebedores sin término y danzantes sin sentido alguno del decoro! Algo así, tal como un monstruo con ruedas, desfigurado por la algarabía y el contento de la multitud.

En esta o aquella época colonial, los monstruos y con ellos el significado implantado en el imaginario de la gente, no ha variado demasiado. De aquellas arenas, tenemos unos lodos imperfectos, fácilmente manipulables a través de los medios, los cuales son capaces de construir o describir cualquier tipo de bestiario, en este caso urbano.

¿Quito tiene monstruos? Pues sí, claro que se pueden contar a puñados. Somos todos nosotros, quienes habitamos incrustados en sus fachadas y damos lo mejor o peor de sí, para beneplácito de la buena marcha de los asuntos propios y públicos. Y cuando no ni tú ni yo, los generamos rápidamente, ya sea a través del amarillismo de los diarios –como el Extra-, como lo más pertinente para estos casos en que la pesadilla se suma a la locura: las propias leyendas urbanas.

En tiempos ancestrales, desde luego, Quito pudiera haber tenido algo similar al chuzalongo, que no era tan ruidoso como las chivas de las fiestas en la ciudad, pero sí más cruel que un galeón a punto de abordar una masa de indefensos cautivos. Cuentan que este duende o maltrecho espécimen, similar en contextura a los Leprechaun de la mitología irlandesa, pero desde luego que mucho menos animoso con el carácter.

En efecto, en la mayor parte de casos se describe físicamente a los chuzalongos, como seres de una altura equivalente a un niño de seis años, además de tener los ojos azules y el cabello rubio y largo, como si hubieran sido concebidos en el marco de un horroroso incesto de cerros o entre padres, hijos y hermanos. De entre todas sus actividades que rallaban la crueldad más absoluta, se les atribuía una pasión desenfrenada, fruto de la cual solían ostentar un miembro viril tan orondo como el de Príapo colgándoles el mismo del hombro, y gustaban de seducir, agredir y matar a las mujeres. Un ser malvado e inconsecuente en toda regla que como dicta la cuestión, no sabemos si creer en ellos pero haberlos haylos, a tenor de las últimas cifras de criminalidad y violencia, con una diferencia: lamentablemente son de carne y hueso, y todavía hay mucho terreno por delante para, si no erradicarlo, luchar por una sociedad más efectiva y contundente en igualdad de género.

Más allá de estas despiadadas cuestiones, aunque parezca una leyenda urbana, ciertas indagaciones llevan hasta otro célebre monstruo apodado como el “Niño del terror”, en la persona de Juan Fernando Hermosa, quien por estas fechas pero de 1991, llegó a declararse autor de la muerte de al menos 15 personas, en su mayoría taxistas, en la ciudad de Quito. Número que debió aumentar hasta la cifra de 22 decesos. El sobrenombre le venía acaso de manos de los medios de comunicación así como de los propios habitantes, por el aspecto angelical del tal Juan Fernando así como por carecer de cualquier atisbo de arrepentimiento en su expresión. Quién lo diría. ¿Otro chuzalongo en pleno siglo XX?

La propia Milena Almeida Mariño, en su “Monstruos construidos por los medios: Juan F. Hermosa, el Niño del terror”, se ocupó extensamente de éste y otro tipo de monstruos urbanos, a partir de los crímenes cometidos por aquel Juan nocturno y con aspecto de impúber incapaz de matar una mosca. En este ensayo publicado en el año 2003 por la Universidad Andina Simón Bolívar, la autora expone de qué forma se construyen los monstruos de la ciudad, tanto a partir del tenor literal de los hechos constitutivos del relato, como de otras fuentes que inclusive beben desde la tradición oral prehispánica, muy a propósito de los chuzalongos. “Quién los construye, en dónde habitan, de dónde surgen” resultan cuestiones que Milena responde con la típica retórica de las instituciones académicas, pero con numerosas dosis de accesibilidad para el lector común y corriente.

En efecto, los monstruos son acompañan desde el principio de los tiempos y forman parte del imaginario cultural de cada pueblo, algunos a medio camino entre lo fantástico y su pertenencia al medio real. Tal vez esto último hace que se los tema y respete, más allá de las burlas de los escépticos. Evidentemente cada ciudad tiene los suyos, cada cual más espeluznante y sedicioso, y que en caso de Quito están inmersos en complejas dinámicas de convivencia. Tales monstruos incluso han sido tratados con pulcritud u oscuridad en la literatura de muchos de sus escritores, para quienes Quito vespertino, noctámbulo o sucio bien merece largos capítulos, relatos y corolarios de crímenes varios

En el caso que nos ocupa, la construcción del monstruo se la debemos principalmente al buen hacer de los medios de comunicación, que casi siempre se convierten en asideros de lo banal. Volviendo al caso del “Niño del terror”, Mariana Neira relató en marzo de 1996, para la revista Vistazo, la crónica de los asesinatos cometidos por Juan Fernando Hermosa, así como una entrevista inédita al padre de la criatura que declaró ser asesino confeso, en la cual se revelan más bien detalles personales, con multitud de recursos estilísticos con los que penetrar en las frágiles emociones del lector. ¿Se imaginan?

Milena Almeida señala que “cuando la policía detuvo a Juan Fernando Hermosa, se sorprendió que el delincuente no llegara a los diecisiete años. En su escasa edad tendría más de quince asesinatos, entre taxistas y homosexuales. Confesó sus crímenes con una frialdad que asombró a más de un policía”. Lo paradójico del asunto es que luego del proceso penal correspondiente “Hermosa fue condenado a permanecer durante cuatro años en el correccional de menores. Los ojos de la opinión pública no podían explicarse por qué su condena fue de tan solo cuatro años”. Entre medias de la condena, tuvo tiempo de escaparse y que la policía fronteriza le devolviera al correccional, hasta su definitiva puesta en libertad en 1996. Luego de aquello se recluyó en el más absoluto silencio, durante los tres meses que vivió en Lago Agrio, hasta que en vísperas de su cumpleaños antes de alcanzar la veintena de edad, encontraron un cuerpo en avanzado estado de descomposición, “a la orilla del río”, con unos papeles a su nombre. La autopsia reveló que había sido asesinado. Aquel fue el final del monstruo con cara de niño angelical, aunque la descripción de las circunstancias fue narrada para la revista Vistazo con detalles dignos del Extra: “a la orilla del río Aguarico, oriente, cerca de la casa de su padre, su cuerpo yacía con las manos atadas, un machetazo en la columna vertebral, su cráneo despedazado a palos, desfigurado su rostro; un tiro en la cabeza y otro en la cintura.

El resto de la historia, como las reticencias y el cuidado del director del correccional donde el “Niño del terror” estuvo preso, u otros testimonios, permanecen en las líneas del ensayo mencionado, así como en los anales de la revista Vistazo. Inclusive conviene acudir a un documental que realizaron a tales efectos, los hermanos Soasti, con el título de “J. F. Hermosa, tras las sombras del niño el terror”.

En un día lluvioso como el de hoy, en que Quito celebra su nacimiento a pesar de argumentos como que “no hay nada que celebrar”, volver la vista atrás sobre los monstruos urbanos, siempre aloja sorpresas como la presente. Quién lo iba a decir, mientras la atención de los quiteños se aventura más hacia las cumbias de sus amadas chivas.

Crónicas de Quito
Aitor Arjol, 3 de diciembre de 2019.

Bibliografía
Almeida Mariño, M. (2003). Monstruos construidos por los medios. Quito: Abya-Yala.
Coral Castillo, S. (2019). Construcción del sujeto y vídeo documental: el caso del video documental “Tras las sombras del niño del terror” de los Hermanos Soasti (2009). [Ebook] Quito: Universidad Central del Ecuador. Disponible en http://www.dspace.uce.edu.ec/bitstream/25000/18450/1/T-UCE-0009-CSO-138.pdf (Acceso 3 Diciembre 2019).
Eltelégrafo. (2014). El ‘Niño del terror’ mataba a balazos. [Online] Disponible en https://www.eltelegrafo.com.ec/noticias/justicia/1/el-nino-del-terror-mataba-a-balazos-video (Acceso 3 Diciembre 2019).

LA LEYENDA DEL AZUTERO

El Azutero es una de las incorporaciones más recientes al compendio de gigantes y cabezudos de Zaragoza. Lo definen como un jotero resultón, con el traje típico y supongo que en alguna parte de la imaginación de niños y grandes, se dispondrá a ejecutar alguna rondalla.

Sin embargo, detrás del Azutero duerme uno de tantos personajes históricos y legendarios de la ciudad, otrora muy presente en la memoria de los aragoneses, y hoy tan olvidado como su efigie escultórica creada por Carlos Ochoa, en el parque que lleva el nombre del jotero.

En efecto, el Azutero fue uno de los sobrenombres de Pedro Nadal y Auré, más conocido como el “Royo del Rabal”, nacido en el barrio zaragozano del Arrabal en octubre de 1844. La versión jotera del poeta Miguel Hernández, a quien le unen ciertas características: los orígenes humildes y la vida repartida entre la jota y el campo. Huérfano desde muy pequeño. La jota le vino junto con las labores del campo. Se casó rebasando la veintena con una mujer del barrio y llegó a ejercer como guarda de riego o “azutero” , de ahí su sobrenombre.

Como jotero, una de las voces imprescindibles, aunque no se conserva registro fonográfico alguno. Falleció en mayo de 1905, luego de haberse retirado de una dilatada trayectoria de zaragozanas, rondaderas y otros estilos. El tenor Gayarre llegó a impresionarse por su canto, en el Madrid de 1883.

También son escasos los estudios sobre la persona y obra del Azutero. En una breve pero excelente nota de Javier Barreiro, éste se refiere a su popularidad y trascendencia:

“Cantó ante los personajes más importantes que pasaron por Zaragoza (Prim, González Bravo, Gayarre…) y se dice que, acusado de una muerte, tras una reyerta con un hortelano al que, por una discusión de riego, dejó seco de un jadazo, Alfonso XII, en su viaje a Zaragoza tras la boda con María de las Mercedes, hizo que se tramitase su indulto, tras cantarle El Royo esta copla:

Soy el Royo del Rabal
el cantador de Aragón,
y a su majestad le pido
me saque de esta prisión”.

Fuente: https://javierbarreiro.wordpress.com/2016/11/04/el-royo-del-rabal/

LAS CIGARRERAS

Las calles de Quito todavía congregan numerosos personajes, profesiones y vendedores nómadas, quizás recordándome la Zaragoza o en el caso de mi padre -Pablo Arjol-, algunas poblaciones populosas de su infancia, tales como Borja, Tarazona o Ejea de los Caballeros.

Muchísimos escritores, cronistas o narradores aragoneses de entre finales del siglo XIX y dos primeras décadas del XX, también dan buena cuenta de este fino hilo de curiosidades, en sus descripciones y estampas de raigambre costumbrista.

Como decía, en muchas esquinas de Quito, así como proximidades de los pasos de cebra en los semáforos, intersecciones de las principales calles, reductos del centro históricos o mercados, siempre están los simpares vendedores. Muchísimas mujeres indígenas con el niño atado en un cómodo dobladillo de tela en sus espaldas, vendiendo el producto agropecuario de su chacra, mientras ondean en el aire un platillo con cierto número de aguacates, papatas, frutilla u otros productos de temporada. Igualmente abundan los que disponen de su puesto fijo, atemperado con una estructura de madera en forma de cuadrilatero, y ofrecen todo tipo de dulces, tabacos y viandas de urgencia, a la entrada de las iglesias o en el acceso a los colegios fiscales. No me olvido de los viejillos que hace largo tiempo traspasaron el umbral de la jubilación y van con su carrito de ponche o helados de espumilla. Actualmente abundan los inmigrantes que ejercen como vendedores informales de accesorios para celular, caramelos, jugos sin registro sanitario, “donas” o más locuazmente interpretan canciones en el transporte público.

De toda esa vorágine extraigo las debidas analogías en relación a Zaragoza y sus personajes históricos, algunos anónimos y otros elevados a la categoría de tierno mito en la memoria de las generaciones.

Tal recuerdo me lleva a las imágenes de la antigua capital, pertenecientes al Proyecto Gaza -Gran Archivo Zaragoza Antigua-, acompañas de textos elaborados por José María Ballestín y Antonio Tauset. Un esfuerzo desinteresado, útil y necesario, en estos tiempos de negligencia intelectual por buena parte nuestros representantes públicos.

Los personajes del Quito de hoy también estuvieron presentes en la Zaragoza de hasta hace bien poco, siendo el caso de las vendedoras de tabaco.

En la primera de las fugaces instantáneas, aparece una de ellas “en su puesto de la calle de los Mártires, a la entrada desde la plaza de la Constitución. Predecesora de la célebre cigarrera ‘Serafina’ que trabajó en este mismo entorno del Tubo décadas después”. En el proyecto GAZA citan al Heraldo como la fuente de la imagen.

En la segunda, esta vez gracias al ojo de Antonio Calvo Pedrós, aparece retratada la célebre Serafina, sobrenombre de Herminia Martínez Lines, en la “puerta de entrada (‘Bar’) al café cantante El Plata”. Esta cigarrera desempeño el oficio durante 65 años. Madre de cinco hijos. Fielmente recordada por los habitantes de la ciudad incluso tras su muerte en febrero de 2011. CIGARRERA con mayúsculas, de la misma forma que muchos jóvenes ululan por las zonas de copas de Quito, en cuyas veredas están apostados y venden cigarrillos a tanto la unidad como única forma de ingresos, y con la agravante de que la máxima autoridad política del mismo país se refería a los niños que practicaban la venta ambulante como un sano y modélico modelo de emprendimiento.

Por estas y otras evidentes razones, de que las crónicas siempre tienden recuerdos entre uno y otro lado del océano Atlántico, se hace útil narrarlas, a pesar de que en la conciencia del periodismo local pesa la presunta falta de interés de los lectores también “locales”. Y no es así, por supuesto, sino que la forma de narrar es capaz de despertar el interés de cualquier lector, por muy alejado que esté del contexto, y con ello generar visibilidad en las conciencias. ¿No les parece, señores de uno y otro lado? Tomen esta crónica y cítenla en sus espacios.

LOS 33 "HABÍA" DE PATRICIO PRON, PREMIO ALFAGUARA 2019

Patricio Pron ejercía, al menos hasta el momento, como una de las voces fundamentales del panorama literario en lengua española, a tenor de la excelente crítica y credibilidad de que goza por parte de sus compañeros de profesión, editores y lectores.

A principios de este año, el Premio Alfaguara 2019 recaía en su más reciente creación narrativa, “Mañana tendremos otros nombres”, y con ello una suculenta suma de más de 150.000 euros. De esa forma, Patricio Pron venía a sumarse a la nómina de acreedores de uno de los premios más prestigiosos, junto a autores como Ray Loriga o Jorge Volpi.

Al respecto, el jurado consideró que la novela de Pron era “la fascinante autopsia de una ruptura amorosa, que va más allá del amor: (…) el mapeo sentimental de una sociedad neurótica donde las relaciones son productos de consumo”. Toda una declaración de índole más bien retórica y solemne, que propiamente relacionada con el estilo.

Sin embargo, entre la comunidad de lectores exigentes o de amantes de la literatura en general, resulta de conocimiento general el desprestigio en el que ha ido cayendo el Premio Alfaguara, debido a que parte de consideraciones más comerciales que otra cosa. Cuestión que por otra parte, no debe asombrarnos como práctica más que frecuente en el sórdido mundo literario.

Incluso el 9 de mayo de 2019, Patricio Pron había estado en Quito presentando la novela premiada, en medio de la algarabía y entusiasmo propios de un escritor de su talla. El conversatorio, que tuvo lugar en los espacios de una reconocida librería del país, también recibió una amplia cobertura por parte de los medios de comunicación, que asimismo resaltaron las alabanzas que autores como Juan José Millás habían dedicado a la calidad narrativa de Pron.

En este contexto, Memes Literarios -una fanpage de Facebook- dejaba en evidencia la calidad de “Mañana tendremos otros nombres” al hacerse eco de la primera página de esta novela con notables errores de redacción y otras exquisiteces, que ponen en tela de juicio al autor y al premio mismo. En especial, la repetición del término “había” nada más y nada menos que 33 veces, como si fuera el estribillo de un tierno villancico para estas fechas navideñas que se acercan.

Es decir, para Pron había por aquí y por allá, había antes y después, había un aviador y hasta había un Alvia circulando por la vía del ferrocarril. Con tanto “había” no me extraña que nos volvamos locos.

SABRINA DUQUE: CRONISTA DE UNA NICARAGUA VOLCÁNICA

Sabrina Duque, entrevistada en el patio del Centro de Arte Contemporáneo -CAC- de Quito. Imagen: Aitor Arjol. Entrevistador: Marcelo Cruz

Sabrina Duque (Guayaquil, 1979) es cronista, periodista y viajera. Con un ojo clínico para el contexto, y estilo sobrio y atemperado. En la clave de su mirada reposan las experiencias de países tan diversos como Brasil y Portugal.

De su trayectoria en el exigente y competitivo mundo periodístico, destaca por haber sido finalista del Premio Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano otorgado por la Fundación Gabo, así como “Lama” (2017) en el cual recoge revela la mayor catástrofe ambiental sufrida en Brasil, en el sector minero.

En tiempos más recientes se hizo acreedora de la beca Michael Jacobs de Crónica Viajera otorgada por la referida Fundación, con la que enfocó sus crónicas en la Nicaragua de nuestros días. País este último cuyos últimos y convulsos acontecimientos motivaron que la mirada de Sabrina virara hacia los mismos.

El resultado ha sido el lanzamiento de “VolcáNica”, que cuenta con prólogo de Sergio Ramírez. “Sabrina Duque entra con este libro en la lista de los cronistas y viajeros que a través del tiempo han escrito buena parte de la historia de Nicaragua como testigos de primera mano. VolcáNica es un reportaje agudo, intenso, perspicaz, escrito por una joven periodista que ha viajado intensamente por el territorio de Nicaragua, y ofrece una visión de doble fondo en cuanto a la naturaleza volcánica del país, que a su vez se repite en su historia con sus sacudimientos, explosiones y llamaradas” señala el escritor nicaragüense en las primeras líneas de su presentación.

Con tan contundente bagaje, Marcelo Cruz entrevistó magistralmente a Sabrina Duque en uno de los espacios más personales y telúricos de la ciudad de Quito: el patio del actual Centro de Arte Contemporáneo -CAC-, antiguo Hospital Militar. Entre sombras y bambalinas de galerías, tanto periodista como fotógrafo acordamos centrar la entrevista en el centro del patio, amén de una mesa y dos sillas, como en el epicentro de una historia.

Por mi parte y como lector de VolcáNica, esta obra impacta en el epicentro de Nicaragua, el país y su gente que al mismo tiempo despiertan y se duelen de su propia historia. Managua, donde “a nadie parece asustarle que un tercio de la ciudad descanse sobre un antiguo manto de lava“, “no hay calles con nombres ni números” a la antigua usanza o “camino de Masaya, es imposible pasar por la carretera y no ver que a la derecha hay una chimenea natural que escupe gases día y noche”. Y a partir de hoy, un sendero descrito convenientemente y fructífero para una lectura detallada aunque no sublime, certera y contenida, trasladando al lector una cercanía implícita con el país descrito.

La crónica de Sabrina es precisa y de gran calado, muy en la línea de los narradores que históricamente han trasladado el contexto vivido. Ahora bien, también conviene trasladar al hipotético lector que VolcáNica viene a sumarse a un catálogo mucho más extenso y diverso de cronistas de la Latinoamérica de nuestros días, cada quien con su particular enfoque, pero a quienes la fortuna no ha sonreído tanto en términos de visibilidad y oportunidad de ser leídos.

Mientras tanto, una Nicaragua tratada con profundidad y esmero ha llegado a las librerías de Ecuador, a la espera de ser leída como merece, despacio y con ansía de permanecer más allá de las palabras.