LAS MADRES QUE TEJEN LIBROS

Madres que se reúnen a tejer en el salón principal de la biblioteca comunitaria. Al mismo tiempo, concitan conversaciones en torno a una aguja que, como océano de cabuya, navegará hasta convertir en bolso un colorido rebaño de hilos.

La biblioteca está en Punguloma, una comunidad rural no muy lejos de la centralidad de Ambato, a donde se llega por una tosca carretera asfaltada, por la vía de Quisapincha, después de ascender una quebrada de espanto y asomar sobre retales desnudos, las casas esparcidas por doquier, sembradas de polvo y buenos vientos.

Cuatro paredes con tejado de cubierta plana. Un sencillo entramado de madera en el suelo. Estantes con las sobras de la palabra. Las sillas que otros no quieren. Alguna hacienda fantasma. Y voces. Muchas conversaciones sobre alegrías y penas, leyendas y trámites de familia. La canasta básica. El rito del pelado que no trae las cervezas. Mi hija que se irá a Ambato a estudiar. El pana, a ver, cómo le irá el mercado para el sábado. ¿Y las papas? ¿Y el presi? Mejor ni cuentes. Y no solo pasan el rato, sino que también tejen bolsos que luego pondrán a la venta, con cuyo producto luego comprarán libros para la biblioteca.

Tejer para leer. El libro como tabla de salvación. La comunidad que tejen. Las mujeres que no saldrán en ningún mural donde un español las pinte dándoselas de entendido, como que las conociera de toda la vida, tal y como sucedió recientemente con motivo de las fiestas del Bicentenario.

En ese punto, emerge uno de tantos Renatos que he conocido y no. Renatos reales e imaginarios que como puños crecen y enfrentan la vida. Yo tuve algunos en mi biblioteca. El Renato Cárdenas, uno de los mejores cronistas y conocedores de Chiloé. O aquel Renato Rodríguez nacido en Porlamar, un nómada que anduvo por toda Latinoamérica y dejó novelas autobiográficas, siendo la primera “Al sur del Equanil”. Pero aquí, en Punguloma, hay otro, el Renato Palacios, entre narrador oral y gestor de iniciativas como escuchar y tratar de que esos bolsos se conviertan luego en libros que traerá de vuelta.

Renato Palacios dijo de las madres tejedoras que, la ”biblioteca necesita más libros, que nutran al espacio de muchas letras e historias. Y están convencidas que sus hijos, que sus hijas necesitan leer. Saben que aquello les permitirá soñar en días mejores, que si aman la lectura nadie les humillará, y que no serán los obreros baratos y las futuras empleadas de los señoritos ricos. Las madres tejedoras arman los sueños del futuro de sus hijos. Porque saben que leer es un ejercicio de sembrar semillas, regar y cuidar el conocimiento y la imaginación de sus pequeños”.

Así es como Renato y las madres, las madres y Renato, invitaban a que los bolsos cayeran en buenas manos, el Centro Cultural Ichimbía, en la ciudad de Quito, del 13 al 15 de mayo del presente, como en un acto de apretarlos con la misma dulzura que todas aquellas manos tejedoras y soñadoras.

Los bolsos debieron caer en muchas manos. En las de Víctor. En las de Narcisa. En las de Allan. En las Martha. En las de Pamela. En las de todos los que aman leer. Y se convirtieron en el sujeto más deseado de Punguloma. En almas con palabras. Lo más efectivo y revolucionario. Para el niño que sueña, aprende y devora páginas risueñas. Así lo hizo saber Renato hace unos días. Los libros han llegado y todos están felices en la sala de lectura de la biblioteca comunitaria. Allí se teje, habla, lee y por qué no, también se sueña.

LAPUTA EN EL CINE Y LA LITERATURA

Laputa es el nombre de una isla imaginaria que aparece en Los viajes de Gulliver, novela satírica de Jonathan Swift, todo un clásico de la literatura infantil y juvenil de hace siglos, pero que en sí misma encierra un halo de sátira social y política de la época.

En esa novela, Laputa tiene capacidad de volar gracias a que tiene una base de diamante en la base, así como un gigantesco imán que la permite navegar en cualquier dirección, a instancias de sus habitantes, sobre el territorio de Balnibarbi.

Los pobladores del ingenio flotante suelen ser habilidosos con las ciencias y las matemáticas, pero matan el tiempo en ideas brillantes que luego no llegan a materializarlas. También son distraídos y dispersos, por lo que otros se encargan de darles unos toquecitos a modo de golpes, para indicarles el momento en deben hablar o escuchar. Hasta aquí lo literario.

Pero Laputa también es el nombre de una célebre película de animación, Tenkû no Shiro Rapyuta, de Hayao Miyazaki, que se tradujo a la lengua española como Laputa: El castillo en el cielo.

El cineasta japonés se inspiró en la isla imaginada por Jonathan Swift y desde luego, en la estela de sus creaciones más conocidas, como La princesa Mononoke, El viaje de Chiriro o El castillo ambulante, entre otros sueños destinados a entretener al público con fantasía, tradiciones y el clásico binomio de la lucha del bien contra el mal.

El argumento de Laputa es el típico. El castillo en el cielo obedece a la estructura clásica de las historias de aventuras y los mundos fantásticos. Parte de Sheeta, una chica que cae del cielo y se encuentra un niño llamado Pazu, quien se hace amigo de ella y finalmente decide ayudarla a regresar a su mundo. Sheeta lleva una piedra mágica colgada del cuello y que constituye la llave de regreso. Su lugar de origen no es otro que una isla o fortaleza flotante, a la que se atribuyen ciertos poderes, de ahí que sea codiciada por todo tipo de piratas, militares y otros malhechores. Desentrañar el misterio de la Fortaleza Celeste se convierte al mismo tiempo en un viaje lleno de contratiempos y obstáculos, con villano de por medio, Muska, que no se lo pondrá fácil a los protagonistas. Pazu y Sheeta descubrirán, asimismo, al final de su aventura, que la isla flotante esconde un poder mayor del que pensaban.

Un clásico maravilloso de Miyazaki. Cine de animación con mayúsculas que a pesar del tiempo -data de mediados de los ochenta del siglo XX-, sigue granjeando las simpatías de grandes y pequeños.

Hasta aquí ningún inconveniente para cualquier mente preclara, con habilidad para una comprensión lectora básica,  considerando una premisa lógica: el cine, como la literatura, parte de representación imaginaria de la realidad, máxime en el género de la animación, con un mundo de fantasía, islas flotantes, piedras mágicas y personajes cuyo aspecto guarda similitudes hasta con los rasgos físicos de Pedro, Heidi o Marco, personajes de animación que también son producto de la adaptación al cine de Miyazaki.

El problema viene cuando situamos, tanto la película como la isla de los viajes de Gulliver, en pleno siglo XXI, en un contexto de falta de comprensión lectora y descontextualización, fenómenos que abundan como las setas. ¡Laputa! ¡Vaya término! ¡Es un término machista!

¿Se imaginan? Pues a veces la realidad supera a la ficción. Y si no, pueden preguntar por ahí, puesto que no hace mucho, concretamente un 21 de enero de 2021, el responsable del blog Fotograma de Diariovasco.com dejaba en el aire una pregunta, en la reseña de esta película: ‘El castillo en el cielo’: ¿a ningún doblador le pareció mala idea dejarla así? No contento con ello, en su valoración puso como lo peor: ¿Nadie pensó en cambiar de nombre al castillo? La ignorancia se explica por sí misma.

Por suerte, el cuestionamiento del periodista quedó ahí, intuyendo que además no había visto la película, porque de lo contrario imaginen si llega a enterarse de lo siguiente. En el doblaje de la película a la lengua española, ya que Laputa aparece 44 veces en su versión latina y 39 para España. Un rosario de frases tan sorprendentes como: “Voy a mostraros a todos el poder de Laputa”, “¿Has informado a nuestro país del descubrimiento de Laputa”, “Todo el conocimiento de Laputa está aquí”, “Mira este cristal gigante. Es el centro del poder de Laputa” son algunas de las g Cuida tu lenguaje, estás delante del rey de Laputa”, “Celebremos la resurrección de Laputa con una muestra de su gran poderes”, “Voy a mostraros a todos el poder de Laputa” o “Por eso murió Laputa”.

Los Balbases: es de allí donde viene el olor a morcillas

Letras Nómadas

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Huele a morcillas en un apartado rincón de la provincia de Burgos. En un llano aparentemente desolado y grisáceo. Rodeado de campos silenciosos, que a mediados de diciembre apenas dejan levantar los primeros centímetros de cereal. Los Balbases. Una población que ostenta la inimaginable cualidad de ser el último pueblo de Burgos, en dirección a Palencia. Poco más de trescientos cincuenta habitantes censados. Aquejado parcialmente de la ruina y despoblación que padecen otros pueblos de la provincia, sin embargo, sus gentes han salido adelante poniendo en práctica una máxima crucial: en el campo, todo trabajo tiene un futuro incierto. Los pormenores de la meteorología, la falta de apoyo al sector agrícola o el capricho del azar son algunos de los factores que todo profesional agrícola debe observar, por lo que su trabajo termina siendo como afirma Esteban Zamorano, su joven alcalde.   “En el campo somos más ahorradores” me dice él…

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MI TÍO ATAHUALPA, LA NOVELA OLVIDADA DEL INDIGENISMO ECUATORIANO

Mi tío Atahualpa fue publicado en México, en 1972, por Siglo XXI Editores. Su autor, el brasileño Paulo de Carvalho Neto, que no obstante vivió durante largo tiempo en Ecuador.

A pesar de su condición de extranjero, el ensayista brasileño es uno de los más estudiosos más importantes de todos los tiempos, en lo que se refiere al folclore de Ecuador. Suya es la Antología del Folklore ecuatoriano que publicó en 1964 y hasta el presente, figura como uno de los aportes canónicos en la materia.

Esta novela de Paulo de Carvalho Neto, se enfoca en el neoindigenismo que algunos años después recuperara por ejemplo Gustavo Alfredo Jácome en Porqué se fueron las garzas (1979), así como otros autores de la sierra. ¿Por qué neoindigenismo? No solo retoma el tema del indio como referente y una realidad un tanto eclipsada por el pasado éxito de Jorge Icaza; también introduce nuevas técnicas narrativas propias de la literatura contemporánea de aquellos años, que rompen con la linealidad del relato, el punto de vista del narrador o la estructura propia de la novela tradicional.

Más allá de las innovaciones narrativas propias del Boom Latinoamericano y los profundos conocimientos del contexto nacional, el autor introdujo entre otras novedades: la peculiar estructura externa de la obra, en clave dramatúrgica; el sentido humorístico; la parodia; y, la reedición de la figura del pícaro.

En primer lugar, desde el punto de vista externo, se parece a las antiguas novelas de caballerías. Se divide en capítulos denominados «actos», a su vez encabezados por un breve resumen y al principio se menciona el elenco de personajes como si de un sainete o entremés se tratara, al estilo de las comedias del teatro del Siglo de Oro.

El relato está construido sobre tres historias yuxtapuestas entre sí: la de Atahualpa, tío del protagonista, que trabaja como servidor en una embajada; la de Pedro, hijo del embajador; y la del protagonista, en su papel de sobrino y de la misma condición de indio que su tío.

El tío Atahualpa retoma el papel de pícaro propio de algunas novelas latinoamericanas de finales del siglo XIX o principios del XX (José N. Lasso de la Vega, Roberto J. Pautó, Joaquín Fernández de Lizardi, etc.). En la novela, este peculiar personaje, reniega de su condición de indio para entrar a trabajar como sirviente en la casa del embajador, donde escala socialmente gracias a su astucia e ingenio y es testigo de las corruptelas y luchas de intereses propias de los entornos diplomáticos hasta que muere accidentalmente.

A la muerte de su tío, su sobrino (también Atahualpa) le sucede en tal peculiar cargo, y donde en teoría trata de aplicar la enseñanzas que le contó su tío a fin de salir adelante en todo cuanto desconoce, pero con resultados tan catastróficos como cómicos, llegando a parar a la cárcel, donde tomará conciencia de quién es y a dónde pertenece.

En medio de ambos y como tercer contingente de aventuras, aparece el hijo del embajador, que habiendo tomado previamente amistad con Atahualpa sobrino, le libera de la cárcel y juntos huyen primero a Colombia y finalmente a Cuba.

La reedición del pícaro se evidencia claramente en el recorrido ascendente de Atahualpa tío en la escala social, a través de múltiples ardides, de todo lo cual el lector tiene conocimiento a través de las remembranzas del protagonista sobre las peripecias de su tío, y la forma en que tales relatos le podrían servir para salir airoso de las nuevas situaciones que se le presentan.

Por otra parte, el relato se construye con historietas que forman parte de la trama principal y cuyo desarrollo supone una parodia y sátira de la sociedad quiteña, dividida entre blancos e indios.

La relación entre tío y sobrino, también servirá para poner en tela de juicio las miserias y abusos hacia el indio, además de otras incontinencias propias de la época, como la corrupción del poder, el mundo de los curuchupas, la hipocresía y doble moral tan arraigadas en el Quito de la época, el fracaso de la izquierda política y el nepotismo como ingrediente para escalar profesionalmente.

El lenguaje empleado resulta igual de jocoso, barroco y abundante que la ironía, con la que conjuga perfectamente, y pone al lector en la línea de otros autores como el Iván Egüez o Francisco Tobar García de los años 70 del siglo pasado.

Una novela supuso una propuesta arriesgada, tanto por retomar un tema ya descartado por la intelectualidad ecuatoriana, como al asumir innovaciones narrativas que exigen maestría en su uso. El resultado, sin embargo, fue explosivo, feroz y realmente innovador.

Mi tío Atahualpa llegó a ser editada en Brasil en 1976, traducida al portugués. Gozó de buen predicamento entre la crítica y los lectores, como un aporte sustancial en un indigenismo, que si bien seguía plenamente vigente en otros países del entorno, en Ecuador había quedado relegado a un segundo término.

Además de esta novela y del ensayo mencionado, Paulo de Carvalho Neto fue uno de los socios fundadores del Instituto Ecuatoriano del Folklore, dio clases en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Central y dirigió la Revista del Folklore Ecuatoriano editada por la Cultura Ecuatoriana de la Época.

Sin embargo y a pesar de sus importantes contribuciones, hoy en día casi nadie se acuerda de él, mucho menos de esta excelente novela. ¿Olvido consciente o ignorancia?

ISIDORA AGUIRRE: LA GRAN OLVIDADA DEL TEATRO LATINOAMERICANO

La dramaturga chilena Isidora Aguirre fue una de las grandes renovadoras del teatro latinoamericano, allá por mediados del siglo XX, cuando una ola de profundos cambios recorrió el continente, comenzando por el entorno de los teatros universitarios, hacia líneas experimentales o incluso ligadas al compromiso y denuncia sociales.

El caso de Isidora Aguirre resulta fundamental para comprender de qué forma se removieron los cimientos dramatúrgicos, a partir de los años 50 y 60 del siglo pasado, coincidiendo quizá con los mejores años de Francisco Tobar García -El «Loco» Tobar-, tanto como profesor en la Universidad Católica como al frente del colectivo de Teatro Independiente. ¿Por qué? Quito figuró entre las ciudades latinoamericanas donde la escritora chilena dictó talleres de teatro, por lo que no resultaría extraño que coincidiera con el Loco Tobar u otros importantes profesionales de la época, además de los no pocos alumnos que deben recordarla.

Isidora había nacido en Santiago de Chile, el 22 de marzo de 1919, y habiendo realizado estudios en materias artísticas como piano, ballet, dibujo y literatura, en 1940 se casó con un exiliado de la Guerra Civil Española, Gerardo Carmona, con quien vivió cinco años en el campo y después marcharon juntos a París, luego de concluir la Segunda Guerra Mundial, donde comenzó a ganarse la vida como ilustradora la mismo tiempo que siguió especializándose en teatro.

Luego de regresar a Chile, un encuentro fortuito con Hugo Miller, también actor y director de teatro, motivo un giro de su vida, ya que terminó dedicándose de lleno a la escritura dramatúrgica.

Si bien en sus comienzos había escrito algunas obras dedicadas al público infantil y juvenil, su ascenso como dramaturga resultó imparable. No solo participó de la fundación del Teatro Experimental de la Universidad de Chile (TEUCH) y el Teatro de Ensayo de la Universidad Católica (TEUC), sino que sus obras se encaminaron desde un primer momento hacia el teatro del compromiso social, que cultivó a través de variados subgéneros. Población Esperanza (1959), escrita con Manuel Rojas; La pérgola de las flores (1960); quizás la más recordada, Lautaro (1982), dedicada al pueblo mapuche, así como Retablo de Yumbel (1986), como testimonio de los desaparecidos durante la dictadura de Pinochet.

También escribió novela. Una en particular, Carta a Roque Dalton (1990) está dedicada íntegramente al poeta salvadoreño, con quien mantuvo una breve pero intensa relación en 1969, cuando ella participó como jurado en el Premio Casa de las Américas, que ese mismo año se concedió al poeta mencionado.

Otra de las novelas, ya inédita y a título póstumo, se publicó poco después de la muerte de Isidora, acaecida el 25 de febrero de 2011. La obra, Guerreros del sur, rememora la vida de Lientur, un jefe mapuche que se enfrentó a los conquistadores españoles en 1629.

Sin lugar a dudas, el nombre de Isidora Aguirre debería ocupar un lugar privilegiado en eso que denominan los «cánones» de la literatura. Prácticamente ha caído en el olvido, y no pocas escritoras y lectoras podrían dar fe de ella salvo en estas bellas operaciones de rescate literario. Toda una paradoja en tiempos donde se reclama que se lean a escritoras (a todas, no solo a las que se acomodan al gusto e ideología de ciertos sectores).

EL DEMONIO DE LAPLACE, DE JUAN TIBANLOMBO

El demonio de Laplace se publicó en el año 2016. Su autor, Juan Tibanlombo, periodista ecuatoriano que estuvo durante muchos años trabajando para el diario Hoy, hasta que este último se retiró de la circulación impresa, aunque luego continuó en otros proyectos.

Una novela extensa, cuya lectura ahora inicio cinco años después, con la única excusa de que el tiempo es demasiado breve para todo lo bueno y malo que haya que leer. ¿Imaginan? Una sola vida para desentrañar la maraña literaria. Son tantos los autores autoproclamados, así como los que reclaman la atención para sí y no para el resto, que el lector siente como si estuviera en un chongo narrativo, frente a una amplísima fila de escritores libidinosos y necesitados de que les escuchen. Tal es el panorama literario en Ecuador, visto desde una óptica de humor negro pero no muy alejada de la realidad.

Por tales y otras razones, se recomienda a cualquier lector interesado, salir corriendo de ese chongo y elegir fuera del mismo, sin tanta presión pornoestética o sexcanónica. Se paga un alto precio, desde luego, si además de lector se trabaja en ese mismo sector, por las consecuencias trae aparejadas unas crítica exigente. Hace poco Paul Puma traía a colación un juicio muy pertinente de Jorge Enrique Adoum: en este país literario, el que no hace tampoco deja hacer, o bien se le pone un pie al que está más sano para que este último tropiece.

Esta breve introducción no resulta caprichosa para volver a El demonio de Laplace y su autor. Novela que a primer golpe de vista, y breve esbozo de sus páginas, apuesta por la novela negra y el determinismo filosófico como principales directrices. Un reto difícil pero no imposible. El título en sí mismo ya dispone de una etiqueta determinista y hace referencia a una teoría planteada por Pierre-Simon Laplace a inicios del siglo XIX.

La teoría presupone la existencia de un ente con capacidades superiores a las del ser humano promedio, sobrehumanas pero no sobrenaturales, es decir, explicables conforme a la ciencia. Parte de la premisa de que todos los fenómenos del universo (incluyendo nuestro destino) se pueden resolver, calcular o predecir aplicando las leyes de Newton, es decir, en función del origen, dirección y velocidad de las partículas que lo conforman. Ese ente ficticio pero posible, estaría en capacidad de resolver tales ecuaciones y por ende, predecir nuestro destino de forma que no existía el concepto de libre albedrío sino un destino predeterminado de antemano para cada uno.

La exégesis del demonio de Laplace aparece explícitamente señalada en el título de la novela, para plantear una historia de crímenes, amores, ambientaciones bohemios y triangulaciones amorosas en el Quito de nuestros días. Amores en binomio, por cierto, donde a priori abundan las referencias intertextuales que permiten adivinar, tal vez, que el autor pensó en un narratorio curioso o sagaz. Ya se verá al término de la lectura.

De momento, la novela de Juan Tibanlombo sirve de pretexto para reflexionar sobre la extraña conjunción de novela negra y principios filosóficos que en relación a la narrativa ecuatoriana, encuentra similitudes en algunos autores más o menos contemporáneos a los que me refiero -aclaro-, no por ánimo de comparar sino de establecer analogías basadas en mis lecturas e intuición. En primer lugar, los trabajos de Leonardo Valencia, cada uno de cuyos proyectos obedece a un trabajo cuidadoso de algunos años, traduciéndose el resultado en novelas extensas, laberínticas pero no indescifrables y donde este componente filosófico, metafísico o intertextual tiene gran importancia, como en su más reciente La escalera de Bramante. En cambio, si nos vamos por el trasluz de la novela negra, los personajes más o menos oscuros, las sombras de Quito y las idas y vueltas psicológicas, bastará con señalar a Javier Vásconez y El coleccionista de sombras. Por el contrario, si el propósito se inclina hacia el examen psicoanalítico, llamemos a la mente de Humberto Salvador, aunque para ello se deba volver al realismo social de los años 30 o las vanguardias y experimentalismos de César Dávila Andrade, el oscurantismo de Pablo Palacio e incluso las intrincadas polifonías y desórdenes de Entre Marx y la mujer desnuda de Jorge Enrique Adoum. La lista sería más larga, pero a resultas de concatenarla una vez leída la obra del periodista ecuatoriano.

El demonio de Laplace fue publicada en el año 2016, la primera de las contribuciones de Tibanlombo en el ámbito narrativo, puesto que su labor siempre estuvo más enfocada en el periodismo investigativo y en los largos años al frente del diario Hoy, así como otros proyectos. Sin embargo, Juan falleció sorpresivamente el 26 de junio de 2021, debido a las complicaciones de una afección en el estómago que ni siquiera el ingreso hospitalario pudo resolver a tiempo, dejando consternado a su entorno personal y profesional. Por el camino dejaba además, aplazados, un libro escrito a la espera de publicarse, y otro sin concluir.

Luego de este libro, si nos preguntamos por vida y trayectoria de Juan Tibanlombo, no abundan las referencias escritas salvo el recuerdo de quienes le conocieron, como un solido referente para el aprendizaje de la práctica periodística, sus proyectos profesionales, el perfil humano, su carácter discreto y reservado respecto a la vida personal y una adhesión permanente al contexto vivido en Ecuador.

De momento y a efectos de una breve semblanza, resulta útil un comunicado publicado en Fundamedios, a título colectivo, donde se refieren a Juan como «maestro de al menos dos generaciones de periodistas, amante de las humitas, autodidacta y devorador de las obras de  Foucault, Borges y de los clásicos de la comunicación. De una mirada crítica, tremendamente humana, pero a la vez de pocas palabras, las justas, para ser precisos».

Juan Tibanlombo había nacido el 1 de enero de 1971 en San Juan de Camarón, un pueblito del cantón Echeandía, provincia de Bolívar, en el seno de una familia amplia conformada por sus padres y 10 hermanos de los cuáles él era el octavo en concordia. Al poco se trasladarían a Quito, donde Juan desarrollaría su infancia, estudios y futura vocación periodística. Perdió a sus padres a una pronta edad. Curso estudios de primera en un colegio de Chimbacalle, en el sur de Quito. Luego entró a formar parte de un club de periodismo del Mejía para luego ingresar en la Facultad de Comunicación Social de la Universidad Central. De ahí al ejercicio periodístico, gran parte de su vida transcurrió en el seno del diario Hoy, hasta convertirse en uno de sus editores más respetados, hasta que el medio fue cerrado en agosto de 2014 por orden de la Superintendencia de Compañías, durante el gobierno de Correa. Después seguiría forjando nuevos proyectos comunicacionales hasta el momento de su fallecimiento en junio de 2021. Profesional meticuloso, que daba importancia a la búsqueda de datos, la faceta investigativa, las fuentes y el análisis detallado, en el ámbito literario se caracterizó por el autodidactismo y la voracidad lectora de todo cuanto considerara de interés y llegara de fuera.

En el trabajo de redacción, lo recuerdan como «una persona que lucía huraño; tenías que ganarte su confianza (…) En lo personal era discreto y daba la impresión de ser tímido y encerrado en sí mismo. En el fondo era pausado, reflexivo, enemigo de imponerse y armar grandes alharacas  (…) Una persona de pocas palabras”, en palabras de José Hernández. Y su vida personal, la esencia que más atesoraba, su vida estuvo ligada esencialmente con la también periodista Lorena Tatiana, quien señaló: “Jamás lo imaginé como mi pareja y él, tampoco me veía así pues éramos muy diferentes en todo sentido. Polos opuestos…. Un día a la salida de la U me dijo: ¿Sabes de que tengo ganas? ¿Yo le pregunté de qué? Y él me susurró muy suavemente: de besarte. Yo simplemente alcé los brazos en señal de que me daba igual, pero él ya me había tomado entre sus brazos y con suavidad me robó el beso más dulce que jamás nadie me había dado, ni siquiera en los siguientes años luego de nuestra separación”.

De las circunstancias previas a su partida, destacan que a «nunca le gustó visitar al doctor. Huía de los chequeos médicos de rutina y curaba sus dolencias con té de hierbas. Dos semanas antes de su muerte, Juan tuvo fuertes dolores de estómago a los que asoció con algún alimento que ingirió. El jueves 24 de junio los dolores de estómago se volvieron más fuertes: había sufrido de una ruptura de várices esofágicas que le producían un fuerte dolor de estómago. El sábado 26 de junio en la mañana su hermana Graciela lo llevó al Dispensario Médico y como las dolencias no fueron tratadas a tiempo, sufrió un paro cardiorrespiratorio que terminó con su vida. (…) Sus últimos días Juan Tibanlombo los pasó en su departamento en Quito rodeado de  plantas y junto a una cocina en leña, ubicada en la terraza de su casa, que le recordaban su infancia en San José de Camarón. Tenía rosales y se convirtió en experto en la dosificación del azúcar para alimentar a los colibríes».

LESBIANISMO EN LA NARRATIVA ECUATORIANA: SONIA MANZANO Y CARLOS ARCOS CABRERA

«Eses fatales» fue la tercera novela que publicó Sonia Manzano Vela, escritora de Guayaquil y a mi juicio, la voz femenina más potente y ponderada de la narrativa ecuatoriana actual. Aún estando escrita en el año 2005, se afirma que es la primera novela escrita por una mujer ecuatoriana, que aborda abiertamente y con una calidad literaria indiscutible, el tema del lesbianismo.

En efecto, la novela parte de dos ejes centrales: la creación literaria y el lesbianismo mencionado. La protagonista se halla en pleno proceso de creación de una novela, y no sabe por dónde empezar a desarrollar el tema sobre el que hablará, el lesbianismo. Sin embargo, Selene, una mujer enigmática que tiene a la narradora como mejor amiga y confidente, se convertirá en su principal referencia, al abordar directamente sus orígenes, vida, periplo amoroso, síntomas y relaciones afectivas, con un Guayaquil contemporáneo como telón de fondo. Al mismo tiempo, la vida de Selene conecta de forma asíncrona con la vida de Safo de Lesbos, como referente histórico y mito al mismo tiempo. De esa forma, la narración se divide entre los saltos temporales dedicados a Selene, la propia narradora en su rol de personaje y las reflexiones en torno a la mitológica Safo, las hetairas, los mecanismos del odio y la complejidad de las relaciones afectivas entre mujeres.

«Eses fatales» es una novela elegante, sobria, de estructura sin ningún tipo de fisuras o vacíos, con un lenguaje absolutamente maravilloso y un tratamiento de los personajes más que verosímil, y cuya lectura proporciona al lector mucho más que una experiencia literaria, pues le lleva a reflexionar sobre muchos aspectos referenciales. A ello le se suma el hecho de que Sonia Manzano, como persona, resulta una mujer extraordinaria, generosa y abierta- No resulta extraño, por ende, que de contactar con ella termine participando en cualquier iniciativa de lectura donde esté involucrada su obra, narrativa o poética.

¿Cómo llegué a la novela? Estaba planteada como una de lecturas mensuales del club de literatura que coordino, después de una cuidadosa selección de entre una amplia nómina de autores ecuatorianos. Tampoco había mucho que escoger, habida cuenta que dependo de la disponibilidad de las obras en España, así como resulte de interés. En el mercado editorial español se publican escasísimos autores ecuatorianos, y de esos cabe descartar algunos cuyo estilo va a trompicones.

Pero volviendo al tema del lesbianismo y su tratamiento en la narrativa de Ecuador, además de Sonia Manzano se puede mencionar otro autor, de larga trayectoria, Carlos Arcos Cabrera, escritor de dilatada trayectoria y que, a pesar de publicar de forma tardía, sus novelas lo convierten en un sólido referente.

Carlos Arcos Cabrera publicó en el año 2016 «Saber lo que es olvido», la cual aborda el lesbianismo desde la perspectiva de una voz narradora masculina. En esta obra el autor vuelve sobre uno de los personajes presentes en «Memorias de Andrés Chiliquinga», novela de su autoría que constituyó un notable éxito de ventas y actualmente está presente como obra de lectura en las escuelas públicas del país.

En efecto, «Saber lo que es olvido» retoma el personaje de María Clara y remite a la historia sentimental de esta mujer con Ximena, una pintora a la que conoce cierto día, junto con el trasfondo lejano de la dictadura chilena. Las voces femeninas se completan con las historias de Chavica, Helena, Lolita y Pepa, otorgándole una sólida conexión temática con «Eses fatales» de Sonia Manzano, aunque desde el punto de vista estilístico la novela de Arcos Cabrera se torna irregular y desde luego, no es de las mejores del escritor.

En todo caso, lo más útil de confrontar y poner a ambas novelas en diálogo, consiste precisamente en de qué forma el lesbianismo resulta abordado desde perspectivas tan diferentes y diversas, y por otro lado, incluso partiendo de su tratamiento por una voz masculina. Dos datos concluyentes: ambas novelas no están disponibles en España; sin embargo, constituyen una lectura más que recomendable, por delante de otras que tratan sobre los amores femeninos pero resultan más flojas.

DEMOLIDA LA CASA DONDE VIVIÓ LUIS EDUARDO AUTE

Hace unos días han tirado la casa donde vivió Luis Eduardo Aute durante décadas, en las proximidades del parque de la Fuente del Berro en Madrid, un rincón de tres plantas, donde vivió con su mujer María del Carmen Rosado (Marichu) y sus tres hijos (que luego se independizaron) hasta que le sobrevino la muerte en abril de 2020.

De hecho, la familia había abandonado la casa al poco de la muerte de Aute, y allí se quedaron buena parte de las pertenencias, hasta el punto de que “la gente entraba a llevarse algún recuerdo (…) alguno de esos dibujos se quedaron en la vivienda cuando la familia se fue. También algún disco y otros objetos (…) en las últimas semanas se habían hecho algunas pintadas muy feas e insultantes en sus paredes”.

Ahora solo queda un solar poblado de escombros y forjado retorcido, hasta que los retiren, de lo que en su momento fue mucho más que un lugar emblemático y si uno se acerca por los itinerarios de Google Maps, aún darse una vuelta virtualmente por los exteriores de la casa, advirtiéndose la parte exterior donde tenía su estudio, con una de las paredes de ladrillo, pintada de blanco, que ejercía como medianera del edificio inmediato. Siempre repleto de cuadros a medio terminar, lienzos, vinilos, utillaje, papeles, libros, es decir, todo lo que podrían imaginar que cabe en un atelier artístico, musical y literario.

Quién sabe la de personalidades del mundo cultural, amigos, periodistas y visitas habrán pasado por allí a lo largo de los años. Uno de sus mejores amigos, Luis Mendo, que al mismo tiempo compuso y grabó con él algunas de las canciones más importantes, recuerda en una entrevista para el ABC, que uno de sus rincones preferidos en Madrid era la propia casa de Aute, situada casi en el extremo este de la calle Jorge Juan, en la parte que da al parque de la Fuente del Berro. De hecho, Aute no era de salir mucho y podía quedarse encerrado en su casa durante días o semanas, simplemente por el hecho de quedarse ensimismado en la lectura, escritura, pintura, tocando la guitarra o viendo pasar ante sí la belleza, la simpar belleza…

También resultan abundantísimas las imágenes de Aute en diferentes estancias de la casa, así fuera el estudio donde recibía a los periodistas, el salón, la chimenea o nubes atiborradas de libros, que daban fe del apego e importancia que para el músico tenía ese lugar en el que terminó quedándose luego de haber vivido en Príncipe de Vergara, la calle del General Díez Portier o Pozuelo. Aquel lugar, la calle Jorge Juan, su céntrica vereda, la proximidad al parque y cierta tranquilidad vecinal, entonaron en él una sensación de oasis y allí “invitaba a todo tipo de artistas (…) y pasaron anécdotas increíbles”, como evoca Luis Mendo.

En otro medio, justo donde se ha publicado la noticia sobre la demolición de la casa de Aute, Elisa Albacete señala que allí “cuenta la leyenda se conocieron Serrat y Sabina, donde se cantaba hasta tarde, donde se escuchaba y debatía, donde Aute pintó, escribió y vivió feliz hasta su muerte” y que a juicio de Gaizka Urresti, autor del documental Aute Retrato (2019), “da pena que se destruya, era su isla particular, su remanso, el lugar donde Luis Eduardo ha creado tanto. ¡Qué pena de país que no se guarda la memoria! Los propietarios tienen todo el derecho de vender porque tienen que vivir, pero las autoridades podrían haber hecho algo bonito, quedárselo para construir algún espacio de algo».

De hecho, el infarto sufrido por Aute en 2016, le alejó definitivamente de la música, y con ello los ingresos familiares habían disminuido considerablemente desde aquel último concierto ofrecido en las Fiestas Colombinas de Huelva, poco antes de su ingreso en el hospital. No volvió a actuar en público desde entonces y luego de su lenta recuperación, aún se le podía ver paseando por los alrededores con las limitaciones físicas del caso.

Autor: Aitor Arjol Bermejo
Imágenes de la demolición: niusdiario.es

EL FALSO MITO DEL GÓTICO ANDINO (II)

No cabe la menor duda de que el gótico latinoamericano, actualmente, conforma algo más que un simple revival. No solo está de regreso, se ha puesto de moda o incluso los medios se refieren a su «fulgor» sino que a su terreno ha llegado una nueva hornada de escritores y escritoras, que lo han puesto en el punto de mira de sus creaciones literarias. En sus obras, sin embargo, prevalece el relato breve y el cuento por delante de una narrativa más extensa y proclive a los vaivenes, como es la novela. ¿Esto forma parte de esa tendencia general a economizar páginas y presentar a los lectores obras menos voluminosas, asequibles y fáciles de leer? Pregunta interesante, pero por el momento, la intención resulta otra.

Efectivamente, nadie discute el protagonismo y hasta «fulgor» que atribuyen al gótico latinoamericano algunos medios de comunicación, confabulados con las editoriales más potentes y el punto de vista de algún creador literario. El asunto es otro y lógicamente, cualquier alteración de ese discurso dominante (pero no representativo de la comunidad literaria) lo toman como un atentado injusto. La cuestión es mantener su estatus de privilegio a la hora de construir el canon, sin que nadie ose poner en tela de juicio ni el más mínimo de sus presupuestos.

Sin embargo, una máxima deontológica de cualquier crítico literario o periodista, bien puede resultar de la imparcialidad y rigor de la reseña, o comentario, lejos de esa práctica donde lo habitual consiste en ejercer una crítica condescendiente y al son que se les dicta.

Si esta discusión la llevamos al gótico latinoamericano, o a su presunta especificidad «andina», no es con el propósito de negar las evidencias, sino en todo caso, bajarla del Olimpo y dejarles con los pies en la tierra, pues resulta de conocimiento general que la construcción del canon suele obedecer a unos intereses minoritarios y no refleja para nada la complejidad y diversidad de la literatura.

En el caso del gótico latinoamericano, al que desde luego acompañan firmas y obras muy solventes escritas por mujeres extraordinarias (así lo señalan), el discurso predominante adolece de parcialidad y serias limitaciones, por reducirse a un número reducido de literatos e ignorar lo que se ha venido realizando hasta el momento, por lo que a investigadores, críticos, lectores y curiosos nos lo dejan muy fácil a la hora de desmontar su carrusel literario.

En su momento me referí al contexto particular de la literatura ecuatoriana, que ha visto crecer (de forma bien merecida por cierto) la narrativa de algunas jóvenes escritores que lograron editar sus obras en editoriales españolas, potentes y con una capacidad de llegar al gran público. Al respecto conviene recordar que la literatura en Ecuador adolece de falta de hábito lector, dificultades para publicar con solvencia y no cuenta con un sistema de distribución, amén de la falta de solidaridad o visión en conjunta del gremio literario. En cualquier caso, la literatura fantástica, gótica y de ciencia ficción ha contado en el país, con un origen, desarrollo y presencia de autores canónicos, así como una intensa actividad al margen de los canales oficiales, en bambalinas, apoyada en los lectores jóvenes y en escritores que cultivan el género, y han dejado interesantes propuestas.

En un contexto más amplio, sin embargo, el discurso del canon ignora la riqueza pasada y presente que atesora el gótico latinoamericano más allá de su mirada a corta distancia. Ahí tenemos la literatura gótica que tantos escritores y escritoras cultivan más allá del territorio conocido y conviene rescatar en México, Argentina, Perú, Chile, Colombia y un largo etcétera, así como la presencia de sólidos movimientos que a finales del siglo XX y hasta el momento han venido configurando verdaderos universos endémicos del lugar, provincia o país del que han surgido. Hay un gótico tropical centroamericano. También un gótico colonial brasileño que hunde sus raíces en el Romanticismo. El cono sur y la Plata nos han dejado huellas insospechadas. Acuérdense de un tal Julio Inverso, padre del gótico uruguayo y que como el colombiano Andrés Caicedo, pusieron término a su vida de forma abrupta, suicidándose.

El caso de Andrés Caicedo quizás sea el que viene por el momento a mi cabeza. Precursor o maestro el gótico tropical o Caliwood, con sede en Cali y presencia en el valle del Cauca, al que llegué a través de investigadores académicos tan solventes como Gabriel Eljaiek o Marc Berdet, quienes se sitúan a su vez en una potente línea de autores y críticos encargados de llenar el vacío del gótico latinoamericano, al menos desde el punto de vista teórico, algo que los del gótico andino han debido ignorar por el momento, intentando comenzar a construir la casa por el tejado. A su vez, cualquier premisa debe partir de las contribuciones teóricas de Miriam López Santos, una de las mejores voces en investigación sobre la literatura gótica clásica. Casi todos los citados aparecen en publicaciones de referencia, y hasta López Santos consta como directora del Portal de Literatura Gótica de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Así podríamos continuar el rosario de citas en cuanto a autores, perspectivas y contribuciones hasta no dejar ni rastro de cualquier invento que pretenda vendernos el gótico andino como algo novedoso.

Vayamos a Colombia en todo caso. Caliwood. Movimiento de gótico tropical nacido en el entorno urbano de Cali. Como referencia: Álvaro Mutis y Luis Buñuel. El primero le mostró a Buñuel que sí era posible escribir un gótico tropical, es decir, adaptando los elementos propios de la narrativa gótica anglosajona al peculiar contexto latinoamericano. Del castillo a la hacienda azucarera. Del noble aristócrata al propietario de hacienda o empresario de la burguesía. De los paisajes invernales al trópico o a los Andes. Del vampiro transilvano a la exploración del bestiario amazónico o de la cordillera de los Andes. En todo cabía una raíz: el mal está presente en cualquier parte, sin que sea necesario adscribirlo a una geografía concreta. Es decir, donde se explore el mal, hay gótico. Además, si entendemos el gótico como una crítica social a los sistemas dominantes patriarcales imperantes hasta prácticamente la Revolución Francesa, también se podía mantener la crítica social, esta vez, contra el sistema capitalista imperante en las elites de la burguesía de Cali, el machismo, la violencia de género, la doble moral u otros mecanismos que nos parezcan apropiados. Ahí radica el quid de la cuestión.

Álvaro Mutis escribió una novela corta, «La mansión de Araucaima», adaptado luego al cine por Carlos Mayolo en 1986, además de «Carne de tu carne» (1983) y la producida por Luis Ospina en 1982, Pura Sangre. Ambos directores a la vez compartían intereses con el club de cine, las películas de vampiros y la revista dirigida por el escritor Andrés Caicedo. Éste último exploró el mal en su narrativa y plantea como escenarios prototípicos la urbe de Cali y los aledaños violentos del Cauca, dejando a la postre una notoria línea en las generaciones más recientes de la narrativa colombiana. Véase Pilar Quintana, la flamante ganadora del Premio Alfaguara de Novela, natural de Cali y además firme reconocedora de la influencia que Caliwood tiene en su obra. Desde luego, el asunto de Caliwood, no resulta nada descabellado afirmar que resulta prácticamente desconocido en Ecuador y mencionarlo, aunque fuera con los pelos y señales indicados, constituye un amago de respuesta «oiga, qué interesante» pero con una expresión de indiferencia.

Otro día me referiré al gótico brasileño, a Julio Inverso, al tequila gótico mexicano o a Centroamérica. ¿Saben? Es que hay góticos hasta hartarse, aquí mismo. El menú no se limita al andino. Pides una ración de gótico, y puedes repetir asimismo para que no te quedes con hambre.

TELMO HERRERA: EL HILO CONDUCTOR

(Primera parte)

Telmo Herrera nació en el cantón de Mira (Ecuador) allá por 1948. En un pueblito cualquiera, en la forma en que nosotros conocemos eso de la España vacía, la España rural, los vientos del pedregal, pero esta vez en el interior montañoso de una provincia al norte de Ecuador, colindante con la frontera colombiana. Esa que llaman el Carchi, y al otro lado de la línea fronteriza, Pasto. Concretamente en la comunidad Pisquer, abundante en casas más o menos diseminadas donde la tradición oral y la actividad agropecuaria detentan gran parte de su vida cotidiana.

Tal vez por ello, no debe extrañarnos esa vida tan vivencial, cercana al vecino, poblada de un conocimiento estrecho del otro, no exenta de roces y sobre todo, la presencia abundantísima de mitos, tradiciones, historias, familias de amplísimo número, amores, diásporas, éxodos, emigraciones, muertes, cóndores, el ferrocarril otrora presente e incluso celebraciones en las que aún resuena el pasado vínculo de la época colonial, todo ello apartado de neologismos y deconstrucciones, esto es, esas que vienen de la capital, de sus universidades fantasiosas y aún de los aguerridos intelectuales que como reductores de cabezas, pretenden formatear aquellas que no piensan como ellos, en orden a imponer su particular catecismo histórico.

En este sentido, la narrativa de hombre polifacético y prolífico, tanto publicada como inédita, es de carácter vivencial, apoyada en los múltiples recuerdos de la infancia, adolescencia, periplo migratorio y décadas de convivencia con un mundo dispar de afectos familiares, amistad, simpatía, enemistades o coincidencias con el largo tabernáculo de la cultura,. De todo se nutre este escritor, poeta y dramaturgo, especialista en la obra dramática de Federico García Lorca, profesor, habitante en París desde la década de los setenta del siglo pasado hasta el presente, que cada dos años o poco menos vuelve a su Mira natal, en Ecuador, o más frecuentemente viaja a Sevilla, en España, donde cuenta con grandes amigos, tanto los que se han ido incorporando como los más viejos, los de antaño, como Lilo, editor y librero cómo no, el que mejor conoce la producción literaria de Telmo pues no en vano ha publicado la mayor parte de su obra hasta el momento, en espera de los manuscritos que escritor carchense atesora en sus manos.

La infancia de Telmo luego transcurrió en Atahualpa, un pueblo del norte de la provincia de Pichincha, ya cercano al extrarradio de Quito, para luego instalarse su familia en un sector popular del centro, junto a las instalaciones de un antiguo leprocomio -dígase dentro dermatológico de salud, como dicen ahora-, a donde iban a parar los apestados o malditos de la ciudad, que padecían la enfermedad de la lepra. Aquel barrio, llamado el de la Vicentina, terminó por acaparar buena parte de la primera novela de Telmo Herrera, publicada a mediados de los ochenta, cuando éste ya se encontraba viviendo en París. Aquella novela le permitió salir tímidamente del anonimato en Ecuador, país que por otro lado y a pesar de la inestimable calidad narrativa de Telmo, siempre ha resultado un desconocido tácito. Al mencionar su nombre, lógicamente les atrae la sonoridad de es conjunto de nombre y apellido, pues suena como a poeta importante, quizás cañarense o lojano, de gran raigambre, prohombre de las ciudades del austro, de la sierra venerada, de alguna ciudad inquieta, puede que descendiente e Remigio Toral Crespo, de Ángel Felicísimo Rojas o de Alfredo Pareja Diezcanseco y por lo tanto, asumiendo que conduce a lo esencial de la identidad literaria del país.

Pero no. Telmo Herrera sigue siendo desconocido salvo en la provincia de Carchi, donde se le tiene presente como un referente para el mantenimiento de la memoria de su pequeña patria, el narrador que evoca los pueblos de la provincia y sus artefactos en forma de personajes, miedos, aparecidos, muertos, amores, traiciones y desventuras. El propio escritor señala a tales efectos, que su literatura está fuera de los intereses por los que se mueve ahora la misma, pues a partir de los años cincuenta parece que los escritores nacionales estuvieron más preocupados por buscar fuera los temas y motivaciones que iban a nutrir la renovación de la narrativa ecuatoriana, para deshacerse en la medida de lo posible, del realismo social de los años 30. Liberarse de esa carga, soltar lastre, eso que Leonardo Valencia denomina como el «síndrome de Falcón» que aqueja a la literatura ecuatoriana de buena parte del siglo XX, en alusión al hombre que durante toda su vida cargó a sus espaldas, llevándole de aquí para allá, al escritor Joaquín Gallegos Lara, pues éste padecía una enfermedad que le impedía moverse. Ahora bien, evidentemente pudieron soltarse de esa influencia que sobre todo, los revolucionarios y progresistas de los años 60 juzgaron como perniciosa. Había que saldar cuentas con ella, decían alegremente. Eran de izquierdas o quizás no tanto, pero en cualquier caso ejercer de renovador, posmoderno y el «novamás» significaba por imperativo y consigna ideológica, despreciar lo que se había escrito antes, tachar de anticuados a los que aún cabalgaban a lomos de la tradición o por terrenos ajenos a sus consignas. En el otro lado para colmo, el de los conservadores, el de los intelectuales de la alta burguesía, también reclamaba como propio el monopolio del canon. Más allá de tales extremos, una ilimitada generación de escritores, poetas y demás, se buscaron la vida como pudieron, aunque también limitados por ese centralismo que dividía a la literatura ecuatoriana, además, entre la de la sierra (Quito) y la de la costa (Ecuador) con permiso de las restantes. De ahí quizás y no sin razón, Telmo afirme que para escribir, verdaderamente, hay que irse fuera de aquellos vericuetos, para que no te formateen el cerebro, y te obliguen a escribir según la particular versión del canon de cada uno, así sea irse moralmente sin salir del lugar de residencia, o emprendiendo un largo caminar, el itinerario del extranjero, para buscarse a sí mismo, aventura o nuevas oportunidades. Esta vara de medir se mantiene plenamente vigente, por otra parte, ya que prácticamente si un escritor ecuatoriano quiere publicar o ser leído por más gente, tiene que hacer carrera fuera del país, en Estados Unidos, Europa u otras determinaciones del extranjero.

Por eso, luego de transcurrida la adolescencia, Telmo emprendió un largo viaje que le llevo por Canadá, Estados Unidos, Australia España y finalmente, a mediados de los setenta, a París (Francia), donde se instaló y a poco pudo hacerse un hueco sólido como autor y productor de un número considerable de obras de teatro, interviniendo desde entonces en numerosos certámenes internaciones como actor, escritor o director escénico. Su primera obra, «Papa murió hoy» resultó finalista del prestigioso Premio Nadal de Novela en España, en 1984, lo cual llegó tímidamente a un medio local de prensa en Quito, en forma de nota, proporcionándole cierto eco, que desde entonces ha ido congregando en torno un número nada despreciable de lectores, pero en puridad, quienes conocen de cerca la literatura ecuatoriana lo mencionan frecuentemente y buscan su obra (de forma infructuosa) por las librerías de las principales ciudades del país.

De «Papa murió hoy» rinde buena cuenta el crítico Miguel Donoso Pareja, en uno de sus ensayos, al calificar esta novela como «novela casi desconocida entre nosotros (he podido leerla con gran atraso en fotocopias de su primera y hasta hace poco única edición). En ella, bajo el impacto de una noticia escueta y brutal «Papá murió hoy», se desata, en el fluir de la conciencia, un conjunto de ideas, recuerdos, anécdotas que, sin ningún orden cronológico y con lenguaje coloquial, nos enfrenta a un narrador que piensa o escribe, qué más da (el texto se asume, sin perder su frescura y su naturalidad, a veces como una carta, a ratos como el fluir de la conciencia de un adulto, también como la visión de un niño, de un hombre común, incluso de alguien culto), sobre una familia, una ciudad (Quito), varios tiempos de un mismo espacio (la ciudad y el país) esgrimiendo un tono -esto quizás sea lo mejor del relato. inocente e irónico a la vez, agudamente crítico y nostálgico, culpígeno y desafiante…».

Es cierto lo que señala Donoso Pareja. La novela parte del fluir de la conciencia del narrador. No hay una historia propiamente dicha, sino una larga serie de vivencia, recuerdos, anécdotas, cuentos procedentes de la tradición oral, fantasmas, aparecidos, sucesos extraordinarios y personajes que, yuxtapuestos y sin orden aparente, conforman un collage en torno a la vida del que evoca, del protagonista, que recorre su infancia en Mira, Atahualpa y un barrio de Quito, ante la repentina muerte de su padre, por lo que le toca regresar procedente de París, hasta allá, a la tierra que alguna vez dejó. La muerte como hilo conductor. La memoria como versículo de una biblia más que apropiada para el lector. Un diálogo consigo mismo, pero abundante en todo tipo de recursos expresivos de propósito fáctico, esos que interpelan a los personajes, a sí mismo o al lector, proporcionan fluidez al texto, y llevan desde el soliloquio, pasando por el monólogo, hasta el lector, resultándole todo tan cercano, involucrándolo, dándole a conocer cómo era la infancia en una o varias provincias de Ecuador, en el entorno rural o en los barrios populares de la ciudad, pero sin caer en lo folklórico.

Un narrador más que desafiante, natural, dotado de gran carga emocional, visceral y a todas luces ataviado con la sencillez. Un ritmo que recuerda a la perfección y singularidad de Ángel Felicísimo Rojas, al realismo mágico de Demetrio Aguilera Malta, la precisión coloquial de Jorge Velasco Mackenzie o la potencia de Francisco Tobar García, quizás este último el que más sirve para comprender la importancia de convivir entre la narrativa y el género dramático, llevando los recursos propios del teatro, la virtud del diálogo, la acción a través de la conversación, prescindiendo prácticamente de descripciones demasiado detalladas o acciones confinadas en largos párrafos.

Esta novela, a modo de bautizo, además de los poemarios publicados hasta la fecha de su primera edición, fue el detonante práctico de la conversión de Telmo Herrera, de poeta a narrador y dramaturgo, y que en él convivieran prácticamente tales géneros al unísono, pues el hilo conductor de sus historias, con independencia de la forma en que se manifiesten (prosa, verso o representación escénica), es su propia vida, infinitamente evocada, contada, imaginada, puesta patas arriba… no resultando extraño que una novela posterior dialogue intertextualmente con otra creación literaria simultánea de otro género, o una anterior. Mira, Atahualpa, París, Quito… quién sabe lo que estas ciudades y sus personajes aguardan en la memoria de lo escrito.