RITA DE ALGO Y TODO

1946: Rita Hayworth (1918 - 1987) plays the sexy title rol… | Flickr

El otro día discutíamos tú y yo sobre el nombre perfecto que debería tener una amante. Mi conciencia y yo, me refiero. A solas y en silencio, con una copa de Cognac de un siglo y las melodías de George Brassens de por medio.

Algunos nombres he tenido. Cada cual con su particular valor agregado, historia medianera y o en fin, obsesiones con las que retrataría a cada una con su particular credo.

De todos ellos, me quedo esta noche con una dulzura de guantes negros. Escogí Gilda para reponer fuerzas cinematográficas y ahora que veo a Rita Hayworth, envuelta en sus guantes negros y con ese vestido tan vampírico y bello, me acerco a ti, la Rita de siempre, la que me escribe, el último mensaje hace veinte minutos de cuarentena a cuarentena, ambos sumidos en la indecencia de no habernos visto en las últimas semanas, por razones de trabajo o de simple oscuridad de luna llena.

Rita ritual. Rita rituante. Rita ritualizada. Rita glamurosa. Rita adorada. La próxima vez vendrás vestida de Gilda, aunque interrumpa tus lecturas. Perderemos la cabeza el uno por el otro. Pero no me lanzarás el guante uno a uno, como la femme fatale de la película. Merezco mejor trato que la otra Rita, la de Gilda, la del corsé, la de la bravura.

Quiero tu lucidez salvaje, en otros términos. Quiero tus brujerías. Quiero tu velo desnudo. Quiero las cicatrices momentáneas que dejan tu mordisco en mi antebrazo. Quiero todos tus largometrajes de amor. Quiero que me mandes tus ansías hasta que llegue el momento de tenerlas encima. Quiero que seas más Rita que nunca.

EL RITO DESNUDO

Me emociona verte desnuda. Tu inteligencia vestida de carne. Mi violín pintado de piel. La cuerda sostenida en el alargado cabello.

Te podría describir con mi conciencia a breves centímetros de tus labios y los ojos al otro lado del océano, y no me equivocaría en absoluto de itinerario. Inevitablemente siempre llego a un ritmo marcado, rebelde e impío.

No careces de nada. Ni tan siquiera te sobra la luz. Tus líneas están marcadas en la exacta medida del carpintero libidinoso y procaz que llevo dentro.

Me inspiro en todo. Así tenga que caminar para verte, durante tantas cuadras, hasta los huertos donde los fréjoles socavan socavan el apetito que te tengo.

Logré practicar este dulce arte de llamar a tu puerta, discretamente, con dos toques de cartero con retraso, justo cuando nadie viene a auscultarte nadie más que yo ese día, porque los restantes obran para aquel espíritu que te detiene y al que yo he robado parte de tus piernas. A mí no me preocupa: soy libre y por lo tanto, amerita el viento.

Tampoco te habían llamado doctora según me contaste por vez primera. Tal vez caserita, licenciada, señorita, señora de tal, violinista de tanto, bióloga con talento, armadora de paisajes, caminante en silencio, pero nunca doctora. Tal fue nuestro código. El doctor para la doctora. La doctora para el doctor. Hasta cambiaste la firma de tus creaciones, a pedir de mi boca. Doctora de óleos y vericuetos.

Dos toc toc y un buenas noches dulce doctora, para qué confundirnos el uno con el otro si ambos escogimos libremente. Usted la transgresión de lo bueno y yo la culminación de tu deseo.

Algunas veces eras vos la que me recibías con un abrazo y otras, cuando había apremiado la ausencia y a sabiendo de nuestro código particular, dejabas la puerta entreabierta y yo penetraba primero en tu alcoba, ante una cortina distante y transparente, de donde emergías con el perfil latente para que yo te contemplara antes de asaltarte. El rito desnudo antes de complacernos.

LAS FRESAS DE JACQUES

Cada nueva vida supone un pretexto para arrancar de cuajo las malas hierbas. También para escuchar una canción hasta entonces inédita u olvidada en el cajón de los vinilos olvidados. Si no, háganme caso al respecto de esto último. Suban como yo, al altillo. Asomen si lo desean su despistada cara, por el ojo de buey que lo ilumina, y luego revisen los discos conmigo.

Algunos lucen desolados en cuanto al polvo acumulado. Paso revista. Les chansons de Jacques Prevert. Ese mismo. Qué porte tan noble y sobrio el de su portada. Él siempre dejando colgar un pitillo de su boca, o sostenido entre los dedos de la mano derecha y a la altura de la cintura. La mirada perdida en el rastro de su hija muerta.

Finalmente elijo el disco y lo bajo conmigo, con el cariño de un tesoro recién rescatado de una isla de trastos viejos y antiguallas diversas. ¡Jacques, te vas a alegrar cuando escuches tu voz en la inmensidad de la cocina!

Tengo la victrola echando la siesta entre el horno eléctrico y la encimera de cortar. Al conectarla emite un ronco crujido. Levanto la tapa. Aparto la aguja. Pongo el disco y vuelvo a enfilarla.

Les feuilles mortes. Qué canción. De tristes acordes y suave melancolía. También tierna. Cierro los ojos y bailamos juntos. Te rodeaba la cintura con el brazo maquillado de ola gigantesca. Inclinabas tu cabeza sobre mi hombro, y nos dejábamos llevar por los sombríos pasos de su voz. Tierna góndola de salón. Con las blusas aligeradas y finas propias de aquella época. ¿Recuerdas? Qué hambriento quedaba nuestro baile para tontos sin pretexto.

Luego de aquella canción, una vez proseguimos el periplo amoroso por el jardín, y el aspersor nos atacó con su fría escarcha de agua. Igual nos daba. Pero la blusa mojada se pegó a tus pechos como la abeja a un remo de néctar.

Celebramos el ímpetu con una caja de fresas. Debí echar a rodar unas cuantas por la simpar de aquella exuberancia divina, hasta que caían en el embudo de tu ombligo y ahí me la comía de un bocado o en todo caso, llegaba a mi boca impregnada de dentadura hambrienta. Qué fresas. Qué ombligo. Qué dulzura de melodía cuando el disco llegó a la chanson dans la lune. ¡Si Jacques y las fresas supieran lo que hicimos!

GRACIA DE LUNA LLENA

Esta semana ofrecí tres horas de clase magistral en torno a los orígenes de ciertas mitologías. Como quien dice, el problema no resuelto de la noche y el día respectivamente. En cuál de ambos orbita el olfato positivo y por ende, el mal gusto de lo maléfico. Un debate que se tornó interesante, en cuanto añadimos cuestiones como el mito del eterno retorno, lugares tan telúricos como Tesalia, donde según los griegos era donde más hechiceras abundaban por metro cuadrado, de forma que te podías encontrar una peligrosa amante de lo esotérico hasta en una copa de vino tinto.

Una de las lectoras del curso no me quitó el ojo de encima al respecto, justamente cuando tomaba los pasajes de Circe, Medea y Diana, el triunvirato más definido de la antigüedad clásica en relación a las brujas y demás hechicerías en la piel del universo. Ojos los suyos que se clavaban como escarpias en un sínodo de alpinismo. Duros, poderosos, negros y concentrados en una sola idea: encontrarse con los míos, un tanto esquivos hasta el rato posterior de habernos coincidido recíproca y redundantemente en el averno de la pausa antes de iniciar la segunda parte de la última clase.

Se llamaba Gracia. Las tres al mismo tiempo. No la una por acá, la otra por allá y la restante en medio. Sino las tres simultaneas y precisas. Gracia del otro lado, pues permanecía en nuestra Facultad de Letras en calidad de lectora no matriculada, gracias a una beca de su país. Llegó en agosto, dejando el frío de Montevideo en la sala de embarque, y con los calores apretando inusualmente en Budapest, que extrañamente se ha evaporado en una insurrecta amalgama de turistas y pecios con chancletas.

Después de la clase nos volvimos a encontrar, sin la discreción propia de las charlas magistrales y el turno de preguntas y réplica. Qué gracia me hizo la Gracia. Y ella me dijo también qué gracia le hacía mi Grecia antropológica, las brujas y el dispendio de tanta persecución medieval contra los actos imaginarios atribuidos a las de su calaña.

Luego me preguntó qué tan brujo era yo para cuestiones que no detallaré, porque al cabo tales confidencias no son de la incumbencia de nadie y menos de cualesquiera ficciones en curso. Y ante la falta de respuesta por mi parte, a medias sorprendido por semejante potestad de iniciativa, me tomó del cuello atrayéndome hacia sí y desbarató el cabello, haciendo de mí una servilleta amorosa con la que literalmente, cabalgó y se limpió los labios.

Si les cuento que las siguientes clases se desarrollaron en cualquier parte menos en el aula… De los amores escondidos el menos trágico. Soberbio, demoledor y con una puesta en escena de brutales proporciones. Su cuerpo convertía el vino en una cisterna de diosas desnudas bailando en torno al fuego sagrado, y yo besaba sus pechos que nunca terminaron de saciarme por su abundancia justa y firme fiereza, luego de haberlos descubierto aquella misma noche en que después de cercenarnos la cara a vista de todo el mundo, luego nos ocultamos en el ático donde yo vivía. Una noche de luna llena, universal y cálida, de esas blancas que reflejan los amores en el horizonte estrellado.

VIRIDIANA EN CLAVE DE AMOR

No me inventé el nombre para ella, pero me gustó tal cual, pues no terminamos de ver a película de Luis Buñuel al entretenernos en otros menesteres, digámoslo así, más inadecuados, esperpénticos y vanguardistas. Hicimos el amor a propósito, en el interior de un amplio armario que no parecía disponer de fondo, tal que cada pierna de ella y el arco resultante se apretaban contra mí como unas maléficas tenazas. Cruzadas y cerradas para que mis ímpetus no huyeran de aquel cerco absorbente. El golpe del macho cabrío, me decía. El emperador de las noches oscuras. El temblor de los prados. Le gustaba imaginarse que ella bruja y yo martillo supremo de los ungüentos. De allí salimos sin importar cómo, con sus dos alargadas piernas ancladas en torno a mi trasero, a continuar la juerga sobre la cama, o en las blancas paredes donde finalmente aterrizó mi vuelo sobre sus muslos. Mientras tanto, ahí seguía la película, malograda para nosotros pero no para la noche que tanto nos amamos. Oímos a lo lejos varias veces, el nombre de Viridiana, cuyo eco se perdía a lo largo de una sucesión de vaivenes, lentitudes y vuelta a los itinerarios. Tanta Viridiana que después de aquello, algún nombre hube de ponerte, sin los particulares de Jonathan Swift pero con idéntico propósito de identificarte entre lo esencial de la noche. Así que fuiste y eres Viridiana. Antes no sé. Ahora más que nunca, Viridiana, que entras por esa puerta de fe tan sacrílega y marabunta.

LO QUE AUTE ME ENSEÑÓ

¿Qué me enseñó Luis Eduardo Aute? Fue maestro en múltiples aspectos. Aprendí a soñar. A naufragar en la libertad de mi propio pensamiento. A guardar silencio. A contemplar la vida con otros ojos. A no rasgarme las vestiduras por nada que no lo merezca. A alejarme progresivamente de lo absurdo.

Quizás como decían en alguna conversación de mesa donde lo escuché, o en boca de Ricardo Darín cuando le preguntaban acerca de la emergencia sanitaria que ahora vivimos, el virus no descubrió nada nuevo acerca de nosotros. La pandemia ha desenmascarado nuestra estupidez preexistente. De ello nos quejamos amargamente y desde hace muchos años, casi a contracorriente, sin que por otro lado las tecnologías y el mundo de la inmediatez hayan enderezado este camino.

En ese sentido, Aute vino a afirmar no hace mucho que el término “cultura” había sido sustituido por el “entertaiment”, que sin cultura somos unas bestias y además el mundo está dividido en dos clases de personas: la gente hija de puta y la gente de puta madre.

Su bagaje humano, artístico y personal gira en torno a todo ello: el mundo y sus insolidaridades; el mundo y sus salvajismos; pero también el mundo y su belleza contradictoria. Sobre tales paradojas dibujó, pintó, compuso e interpretó música, produjo películas y no dejó títere por cabeza allá por donde transcurriera su potente creatividad.

¿Cuándo llegué a su música? ¿O a sus letras? ¿O a sus propósitos vitales? A tan largo etcétera, de eso hace ya más de dos décadas. De los tiempos en que concluí la universidad y como toda joven tregua, me alimentaba de lo que por aquellos tiempos amaba mi espíritu. Lectura en abundancia. Los grandes patrones de la narrativa hispanoamericana. Los desiertos de Rulfo. Realismo mágico por doquier. Historia del otro continente, sobre todo en lo atinente al siglo XX, de la revolución cubana en adelante, no tanto por cuestiones ideológicas como por constituir el punto de partida del boom bispanoamericano y de la poesía conversacional.

De alguna forma su música impregnó una dilatada historia de amor. El “mano a mano” entre Luis Eduardo Aute y Silvio Rodríguez en la Plaza de las Ventas de Madrid llegó a mis manos de parte de otras manos donde nunca nos pedimos nada excepto la desmedida. El timbre de su voz inundó aquella historia, hasta que ella y yo nos despedimos una tarde de mayo. Ella con sandalias veraniegas y dos libros prestados de vuelta. Y yo con cara de circunstancias. Aute siguió conmigo, por supuesto.

A partir de aquello, Aute constituyó una parábola que aún perdura, pues la misma no hizo más que ensancharse y proyectar su línea influyente en todo lo que hiciera. Con Aute trabajé, amé, emigré, seguí amando y orienté por los particulares caminos de mi estilo literario. De él tomé una de sus estrategias: la de sublimar y sacralizar el sexo, en la vida práctica y en la palabra escrita.

Mis cuentos, poesías, crónicas u otros ejercicios textuales tienen ese tratamiento del sexo y el erotismo, en cuanto leitmotiv y así se nutran de lo vivido o imaginado. Si en lo vivido-real tales circunstancias y sus protagonistas femeninas permanecen en más absoluta discreción, en lo imaginado-verosímil gozan de absoluta libertad en cuanto al tratamiento literario que se les dé, aunque finalmente ambos mundos se entrelazan y terminan delimitando el relato en sí mismo.

Lo sublime y sagrado del erotismo de mis textos, se reflejan principalmente no en lo explícito y soez, sino en cómo llegar hasta las fronteras de lo anterior utilizando otras armas, como lo crudo y sutil al mismo tiempo, las referencias implícitas, la ambigüedad consciente, la ironía, la referencia a otros contextos históricos del pasado, la construcción de un lenguaje sin lugar o la introducción de lo real maravilloso para disfrazar nuestro instinto animal.

En qué momento lo sublime del sexo cobra vida y escribo, es otro asunto. Depende de los vientos y las cadenas. Necesariamente no debe aparecer una anatomía e inteligencia descomunales. La inspiración resulta caprichosa. A veces vivo feliz y no me apetece. Otras prefiero indagar en la memoria y sublimar lo vivido, lo cual práctico en libre albedrío. Vengo a ser “el espíritu que habita tu belleza más carnal”.

LA CUARENTENA DE PEDRO PÁRAMO

“VINE a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría; pues ella estaba por morirse y yo en un plan de prometerlo todo. ‘No dejes de ir a visitarlo -me recomendó-. Se llama de este modo y de este otro. Estoy segura de que le dará gusto conocerte’. Entonces no pude hacer otra cosa sino decirle que así lo haría, y de tanto decírselo se lo seguí diciendo aun después que a mis manos les costó trabajo zafarse de sus manos muertas.Todavía antes me habría dicho:
-No vayas a pedirle nada. Exígele lo nuestro. Lo que estuvo obligado a darme y nunca me dio… El olvido en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselo caro.
-Así lo haré, madre.
Pero no pensé cumplir mi promesa. Hasta ahora pronto que comencé a llenarme de sueños, a darle vuelo a las ilusiones. Y de este modo se me fue formando un mundo alrededor de la esperanza que era aquel señor llamado Pedro Páramo, el marido de mi madre. Por eso vine a Comala”.

Así comienza Pedro Páramo, la novela corta de Juan Rulfo, en una lenta y melancólica carrera hacia el silencio. Juan Preciado promete ante el lecho de muerte de su madre, que irá a buscar a su padre a Comala, un pueblo polvoriento, ruinoso y desecho por la soledad a tenor de la descripción contenida en la obra. Luego de fallecida su madre, y ante la premura de los sueños que habitan dentro de él, Preciado emprende el viaje en busca de su padre, mientras asiste al encuentro de una infinitud de personajes, a medio camino entre las tinieblas y la realidad. Solo bien avanzado el texto, la trama se abre ante nuestros ojos inquisidores, así como el nombre de Preciado que hasta el momento se transfiguraba en un narrador en primera persona y de carácter omnisciente.

De la misma forma que Paul Bowles señalaba que “nadie que haya permanecido en el Sahara durante algún tiempo sigue siendo la misma persona que cuando fue allí”, algo similar acontece con la lectura de Pedro Páramo.

En efecto, luego de concluido el libro y habiéndolo dejado descansar sobre la mesa, me da por observar el horizonte de la ciudad de Quito, muy lejos de mi tierra originaria, en una mezcla entre absorto y deshumanizado. Aquí, a pie de los cerros del volcán Pichincha, en una media luna de hormigón, barrios apretujados de la periferia y casi una boina permanente de contaminación más acústica que de otra naturaleza, no cuento con demasiadas posibilidades para encontrar una Comala con rasgos siquiera igual de inquietantes y solitarios.

Tal vez algunos puntos poblaciones aislados, dentro del paradigma urbano, donde las calles suben y bajan entrelazadas en una desordenado tablero, algunas de las cuales todavía sin asfaltar o con una penetración apenas visible por parte de las infraestructuras municipales. Allí donde todavía los niños lucen desarrapados o ululan mujeres y hombres de raigambre indígena cargando sus diversos objetos al hombro, fuere leña o costales de productos agrícolas, o incluso, si uno se atreve a ir cerro arriba, por esos andurriales provistos de un adoquinado precario o absolutamente descarnados, algún hombre a caballo hace acto de presencia o saltan a pie de pista una jauría de perros procedentes de las frecuentes casas de campo distantes unos cientos de metros las unas de las otras.

Puede que allí encontremos algo de Comala a modo de ruina insolente, o quizás en el centro en cuanto hacemos pie en el interior de un mercado, pero más allá de eso debemos hacernos a la idea de que la ciudad de Quito pertenece a otro siglo más apretujado e insolente como el XXI.

Además, ahora padecemos de pandemia y al sentido perdido de Juan Rulfo debemos añadirle la trágica incertidumbre a la que se enfrenta la capital ecuatoriana, donde la gente de los sectores más populares y a desmano todavía no es consciente de la gravedad del caso, y oscila entre la indisciplina, la falta de conciencia y necesidad de llevar el pan a casa. Igualmente entre los habitantes de otros sectores más tradicionales o de alto poder adquisitivo, predomina cierto grado de responsabilidad o romantización del asunto. A todos ellos les han puesto una venda en los ojos a diestro y siniestro, unos medios de comunicación -prensa escrita y televisión- que informan del asunto desordenadamente y según las consignas dictadas al efecto.

Más allá de esta percepción, sobre Quito habita el silencio y apenas una minúscula sombra se teje a partir del toque de queda, salvo los servicios esenciales y las presencias debidamente justificadas. Ahí vuelve el espíritu de Comala a apoderarse de la ciudad, eso sí, a duras penas perceptible porque aquí no hay campo que valga.

Vuelvo entonces a Juan Rulfo, y a sus pesadillas desérticas. También me acuerdo del pasaje de Taco Bajo, de Santiago Vizcaíno, que dice así: “la calle (…) está llena de arena y escombros. Solo hay asfalto en la avenida principal. El mar está cerca y entonces se escuchan las olas golpeando la noche y reposando como sombras dormidas”. Pienso inmediatamente que el fragmento describe al pie de la letra el sur de la capital donde vivo, pero enseguida me doy cuenta de que alude al mar y la golpeteo de las olas, y poco después olvido la asociación de ideas.

De nuevo aparece Preciado ante mis ojos, o tal vez su madre. Y recuerdo vagos espíritus que vuelan como zancudos tenebrosos, en torno a las diferentes versiones que circulan sobre la obra de Juan Rulfo. Releo un artículo escrito hace cinco años por Eduardo Huchín Sosa, donde alude a seis referencias desconocidas en torno a la gestación de Pedro Páramo, a cual más sorprendente y desdichada.

En la primera menciona que “Juan Rulfo había escrito una novela sobre un pianista ciego que se enamoraba de una prostituta. Alí Chumacero se deshizo del pianista y puso en su lugar a un cacique. Antonio Alatorre borró adjetivos y agregó sustantivos para que el escenario original de la historia, un burdel porfiriano, tuviera más aspecto de pueblo de almas en pena. Carballo quitó de la trama al matador de toros y lo sustituyó por un hijo que busca a su padre”, siendo Arreola quien le da el visto bueno a la conjunción de autorías. En una segunda versión, emerge el escritor mexicano como “autor absoluto, pues “los personajes, la organización narrativa, cada una de las frases son fruto de su genio. Escribió la novela, la tallereó consigo mismo, corrigió estilo, escribió su propio dictamen para el Fondo de Cultura Económica. Diseñó la portada y la tipografía de las páginas interiores. Decidió sobre el tipo de papel y la forma de distribuir los ejemplares. Finalmente, financió con sus ahorros la edición príncipe y compró el primer ejemplar”.

En las restantes referencias la curiosidad se torna manifiestamente extraña, pues oscila entre que Pedro Páramo resulta “en realidad producto de la tradición oral”, considerando “su estructura fragmentaria y el sorprendente virtuosismo de sus diálogos”. La siguiente ahonda en la consideración de que “Arreola le escribía sus obras a Rulfo que le escribía sus poemas a Chumacero que le escribía sus reseñas a Carballo que le escribía sus estudios áureos a Alatorre que impartía las clases de Batis. Arreola fue olvidado, Rulfo reeditado, Chumacero homenajeado, Carballo denostado, Alatorre reivindicado y Batis jubilado”.

La quinta menciona que los mismos literatos sobre los que se presume una influencia conjunta en Pedro Páramo sugiere que se reunieron con Mary Shelley en la “la casa que Lord Byron poseía a las afueras de Zapopan” luego de que cundiera el pánico de la peste bubónica en el México de 1955, y finalmente, una sexta teoría afirma que existen “al menos, cinco borradores de Pedro Páramo. Rulfo entregó uno al Fondo de Cultura Económica, otro al Centro Mexicano de Escritores, uno más a Arreola, otro a Chumacero y el último a un burócrata de la CIA, que para entonces ya le daba dinero. En apariencia los borradores tienen leves diferencias entre sí, pero un análisis más riguroso revela que en realidad se trata de cinco novelas distintas: una es de carácter simbólico; otra, sobrenatural; otra, policial; otra, psicológica; otra, comunista…” desconociéndose por completo “la que llegó a las librerías”.

¿Se me ponen los pelos como escarpelo, después de tales tesis? A ciencia cierta debe haber mayor ficción y recreación literaria en las mismas, para beneficio y talento de Eduardo Huchín, quien nos dejara con la incógnita; después de todo, a lo cual debo añadir que de haber vivido Juan Rulfo en alguno de los cantones rurales de la provincia a la que pertenece Quito, aún me hubiera convencido más.

Como fuere, las nubes me pesan esta tarde como linternas apagadas. Tengo el tabique nasal algo obsoleto debido a que me topara de bruces con la puerta del baño hace un par de días, y la nariz enfrentara el golpe con cierto grado de soltura. Quito sigue permaneciendo en silencio y ningún arriero asoma a caballo por entre las nubes, mucho menos en tierra.

Bibliografía
Huchín Sosa, E. (2015). Rulfo, Arreola, Carballo y Chumacero entran a un bar. Recuperado 1 Abril 2020, de https://www.letraslibres.com/mexico/rulfo-arreola-carballo-y-chumacero-entran-un-bar
Rulfo, J. (1985). Obra completa. Caracas: Fundación Biblioteca Ayacucho.
Vizcaíno, S. (2019). Taco Bajo (1st ed.). Cuenca: La Caída Editorial.