LA MÁQUINA

Los dos goles de Maradona contra Inglaterra en 1986 se parecen bastante a una parábola de, quizás, lo que nos gustaría ser

Leila Guerrero

Han pasado muchas horas desde la muerte de Maradona. Este jueves y, hasta hace un rato, la gente continuaba haciendo largas filas para ver su féretro ubicado en la Casa Rosada, la residencia del Gobierno nacional, en Buenos Aires. Ahora hay disturbios, detenidos, y el velatorio se dio por terminado. Pero, en la mañana, miles de personas coreaban su nombre y lloraban, diciendo “Diego fue la única persona que me hizo feliz”. Vi, entre tanta cosa, una pancarta con una frase, atribuida al escritor argentino Roberto Fontanarrosa y utilizada en estas horas muy profusamente: “No importa lo que hiciste con tu vida, sino lo que hiciste con la nuestra”. Pensé: “Qué barbaridad”.

La mañana del día en que Maradona murió ―miércoles 25 de noviembre, por infarto y mientras dormía― yo me quedé tuerta: desperté con un ojo cerrado. Fui a la clínica. Tenía una glándula del párpado inflamada y me recetaron un antibiótico local, una sustancia viscosa que me deja ciega. Volví a casa, me puse a trabajar. Pocos minutos después recibí un mensaje en el teléfono en el que me anunciaban su muerte. Con los ojos nublados por el antibiótico, creí haber leído mal. El mensaje, además, era confuso, ambiguo. Respondí corto: “¿Maradona?”. “Sí, el 10. Chequealo”, me dijeron. Revisé diarios, varias cuentas de Twitter: nada. En un mundo fulminado por noticias falsas, pensé que esta era una más. Ya lo habían matado durante el Mundial de Rusia, en 2018, cuando después del partido de Argentina contra Nigeria se había descompensado y llegaron a las redacciones audios de WhatsApp en los que un hombre le daba a entender a otro que Diego había muerto. El audio era falso, pero recorrió el planeta en segundos gracias a las redes sociales, y los medios de comunicación se empapelaron con la noticia de su fallecimiento. Así que esperé.

Me detengo, ahora, en ese instante. En esos minutos en los que sentí tanto la urgencia de la confirmación como la esperanza de que no se confirmara. Era un miércoles sin nada en particular en una ciudad astillada por la crisis, en un país camino a ser una versión mejorada ―o sea, empeorada― de sí mismo: la mitad de nuestra población es pobre, las cifras más fatídicas de nuestra historia. Durante esa espera llegaron algunos correos. Ninguno de ellos aludía a Maradona. Tomé ese silencio como la confirmación de que no había pasado nada. “Si la noticia fuera cierta”, me dije, “no se estaría hablando de otra cosa”. Pero también me pregunté por qué sentía esa zozobra. Por qué temía que se confirmara la muerte de una persona a la que no había conocido, que se había dedicado a un deporte que solo me interesa durante los mundiales y cuando juega la selección de mi país (que es, por cierto, Argentina).

La muerte se confirmó minutos después. A partir de ese momento, aforismos: que si ahora dios le daba la mano a dios, que si el barrilete había levantado vuelo, que si te fuiste a patear la pelota al paraíso. Esas cosas. Yo pensé en el forense que iba a practicarle la autopsia: en cómo se abre el cuerpo de un hombre así.

La memoria dispara comentarios raros. De pronto, recordé dónde estaba al enterarme de que Maradona había sido expulsado de un Mundial. Tuve que buscar la información, porque ni idea: Estados Unidos, 1994. Yo estaba en el centro de Buenos Aires y vi, en un bar muy pequeño, gente amontonada frente a un televisor. En el videograph, la noticia: Maradona quedaba fuera del campeonato porque el control antidoping había resultado positivo. Recuerdo perfectamente lo que sentí: que se había perpetrado un sacrificio de sangre. Una condena. Todos lo decían: no había posibilidades de que jugara el siguiente Mundial. Era inhumano que le quitaran, sabiendo lo que hacían, su última vez. Poco después él dijo aquello de “Me cortaron las piernas”, una declaración sacrificial y dramática en la que veo, ahora, el principio de demasiadas cosas.

Maradona se retiró del fútbol en 1997. Siempre me pregunté cómo se sobrevive a la certeza de que el momento más glorioso de la vida ―el rugido de una multitud en un campo de césped, recibiendo a su bestia más excepcional― ya pasó. Uno, humano simple, mortal común, suele no saber si ese momento llegará alguna vez, o si ha quedado atrás. Y entonces, eso: cómo será saber que no habrá nada parecido. ¿Los nietos por venir, la compra de un Ferrari o de una casa nueva, algo de eso es comparable con haber estado en el Olimpo no una vez, sino mil? ¿De qué hay que estar hecho para soportar una existencia común cuando se ha probado existir entre los dioses?

Seguí su vida, después, como quien convive con un paisaje escabroso: más flaco, más gordo, menemista, delarruista, cristinista, guevarista, adicto, adicto recuperado, adicto otra vez, padre de hijos a los que no quería reconocer, padre de hijas a las que quería con locura, esposo, exesposo, expadre, exnovio, prepotente, divertido, pendenciero, contradictorio, machista, caprichoso, payaso, inteligente. Era alguien que había nacido en un barrio pobre, que se decía parte del pueblo, que fumaba habanos con Fidel, que estaba tapizado de relojes caros y se codeaba con los jeques más recalcitrantes de Dubái. Que llamaba “ladrones” a los dirigentes de la FIFA antes de que nadie se atreviera a hacerlo, que le decía “pibe” burlonamente a una travesti, y que disparaba con un rifle de aire comprimido a periodistas que montaban guardia ante su casa. No sé si era un compendio de la argentinidad, porque no sé qué es la argentinidad, ni conozco a nadie que quiera tener una vida como la suya excepto en la dimensión futbolística, pero esos dos goles a los ingleses que hizo en 1986 en el mundial de México, el primero con la mano y el segundo una pieza sinfónica que incluso una persona limitada como yo debe admirar de rodillas, se parecen bastante a una parábola de, quizás, lo que nos gustaría ser: tramposos redimidos, acometedores de trampas aviesas avaladas por genialidades de calibre inhumano. Yo no sé, la verdad, si alguna vez llegamos ―llegaremos― a eso, pero allí donde uno viajara ―Indonesia, Zimbabue, Alemania―, él era nuestro sinónimo: apenas uno se decía argentino, el interlocutor gritaba: “¡Maradona!”.

Maradona, antes de meter el segundo gol contra Inglaterra en el mundial de México 86.

Estuve viva mientras Maradona estuvo vivo, y eso me impresiona y me parece un desperdicio: muchos de los que esperaban hoy frente a la Casa Rosada tenían diez o quince o veinte años, nunca lo habían visto jugar más que en YouTube, y no conocieron de él, en tiempo real, más que la versión balbuceante de los últimos tiempos. Yo fui su contemporánea y, me jura el hombre con quien vivo, lo cruzamos en la fila de Migraciones del aeropuerto de Ezeiza cuando volvíamos de Dubái: ni siquiera me acuerdo.

Pero ahí estaban esta mañana los herederos de la leyenda, y también sus padres, esperando para rendirle homenaje. Muchos decían que gracias a Diego habían tenido su única alegría. A lo mejor era una forma de decir, una frase hecha, pero me apenó pensar que la única alegría de alguien pudo haber sido la contemplación de la gloria de otro. Y supongo que también es un gran peso: ser la máquina reproductora de la alegría nacional.

Maradona murió solo en una casa alquilada, al final de un año en el que, por la pandemia, casi no se juega al fútbol. Pienso en esa frase de la pancarta ―”No importa lo que hiciste con tu vida, importa lo que hiciste con la nuestra”― y sigo creyendo que es una catástrofe. Que, más que decirle “No te juzgo”, esa frase dice “No importa tu vida, importa que hayas existido por mí, para mí, para darme alegría y esperanza. Todo lo demás ―las drogas, la obesidad, la depresión, los amigos perdidos, las rodillas hechas polvo, la artrosis, las traiciones― te lo dejo: todo tuyo”. A lo mejor no es una frase de agradecimiento sino lo contrario. A lo mejor es un mensaje de vampiros.

Fuente: http://www.elpais.com
Autora: Leila Guerrero
Fecha: 27 noviembre 2020

LOS HORRORES DE LA GUERRA: GEORGE GROSZ

George Grosz (Berlín, Alemania, 1893 - 1959). Spain (España), 1937. Tinta a  plumilla y lápiz sobre papel Ingres. htt… | Ilustraciones, Artistas,  Historia del arte

George Grosz, la versión pictórica de los grandes cronistas y corresponsales de guerra. El artista alemán también tuvo el trágico privilegio de retratar las tres grandes guerras que asolaron la Europa occidental de la primera mita del siglo XX: la Primera y Segunda Guerra mundiales, y la Guerra Civil Española.

El presente trabajo a plumilla está fechado en 1937 y cuelga en alguna parte del Museo Reina Sofía en Madrid. El horror de la guerra, gloria y muerte sucesivas, lo peor del ser humano contenido en unos pocos trazos, o lo efímero de esta extraña belleza en que consiste dibujar un conflicto bélico.

Grozs fue compañero de John Dos Passos, del que pocos ya se acuerdan. También se declaró admirador de Robert Capa -recordemos, fotógrafo en la contienda civil española-. Algunos medios siguen conmemorando cuando dos de sus amigos neoyorquinos -Deyo Jacobs y Douglas Taylor-, brigadistas internacionales, desaparecieron en plena refriega y terminarían fusilados por las tropas franquistas.

Los horrores de la guerra constituyen caminos interminables. Echar la vista atrás para no perder la estela de la historia. Recordar. Arrancar las hojas. Dar de comer a la ignorancia de las ideologías posmodernas.

Aitor Arjol Bermejo
28 noviembre 2020

Fuentes:
https://elpais.com/cultura/2012/06/08/actualidad/1339167635_230362.html

FEDERICO GARCÍA LORCA: POESÍA Y MÚSICA

Federico García Lorca. Poco más debemos añadir. El legado de su poesía. Su pensamiento. Y aún así, cada día es posible renovar los aportes, sin caer en la redundancia. En este caso, su relación con la música.

El poeta granadino y la música siguen constituyendo una fuente inagotable de novedades en estudios, adaptación musical de sus poemas y noticias que como cuentas de rosario, vienen apareciendo en los diferentes medios de comunicación sin esperar a las típicas conmemoraciones.

Más allá del dilema de su juventud, al tener que decantarse por dedicarse a la poesía o música, conviene recordar que Federico fue alumno y después amigo de Manuel de Falla. De la misma forma, la obra de Lorca supone una constante referencia de imágenes, metáforas, tenores literales y referencias a la música popular.

De entre todo el universo lorquiano y sus cultivadores, hoy vienen a la imagen la opera “Público” que Mauricio Sotelo escribiera basándose en la obra de Lorca, el estupendo ensayo “Ángel, musa y duende: Federico García Lorca” escrito por Marco Antonio de la Ossa y publicado por Alpuerto hace unos cinco años, o “Los objetos de Federico García Lorca” de Rosario Moreno-Torres.

Si bien el poeta tenía como meta irse a estudiar música a París, finalmente se decantó por su extraordinaria obra poética y dramatúrgica, con una clara apuesta por la renovación del lenguaje y las nuevas formas propias de las vanguardias, pero sin perder de vista las tradiciones populares, siendo éste uno de los factores que le diferencia de sus homónimos de la Generación del 27 y su atracción por los tentáculos del Surrealismo.

No en vano, y como recuerda Marco Antonio de la Ossa, durante la Guerra Civil el propio bando republicano solía cantar su propia versión o “cover” de las Canciones Populares grabadas por Lorca junto con la Argentinita en 1931, amén de otra larga serie de cuestiones que le permitieron profundizar en la relación de Lorca con la música. De ellas destaca la presencia de Manuel de Falla

“Cuando don Manuel fue a Granada a vivir, Lorca —que había estudiado varias obras suyas— se acercó a su casa a presentarse y decirle que estaba muy interesado en conocerlo. Falla era muy estricto con sus alumnos y no cogía a cualquiera, pero este chico le cayó en gracia, quizá porque lo vio como el hijo que nunca tuvo. Estuvo muy pendiente de él y cuando se fue a estudiar a la Residencia se preocupó de que no se juntara con algunas compañías que consideraba perjudiciales para él, que fuera más pausado en las entrevistas y más recatado con su homosexualidad (…) Gracias a Falla, Lorca amplió sus estudios musicales y conoció todas las vanguardias que venían de Europa, y Lorca recitaba sus obras a Falla y le daba a conocer lo que hacían otros literatos”, señala al respecto Miguel Pérez Martín en una reseña publicada en el País.

De la Ossa también contrapone la personalidad de Falla, más formal y metafísico, con la propensión más alegre y derrochadora de Federico García Lorca, quien no obedecía a circunstancias u horario alguno para vivir, conocer gente o incluso escribir, habida cuenta de que también se relacionó con el círculo contemporáneos a través de su estancia en la Residencia de Estudiantes de Madrid, o durante el tiempo en que estuvo a cargo del teatro itinerante de La Barraca.

Otro aspecto interesante que explica la facilidad con la que su letra fuera asumida por cantaores, cantautores, letristas o ejecutantes musicales, es la relación de Lorca con el flamenco a partir del Concurso de Cante Jondo que organizara con Falla en la Granada de 1922, cuyas bases del concurso hicieran hincapié en diferenciar el Cante Jondo -de raigambre más ancestral y popular-, del cante flamenco que cada vez se aburguesaba más y caía en manos de los caciques y señoritos de cortijo, diluyéndose su esencia.

Por otro lado, no resultan menos interesantes las conferencias que, en materia musical ,el poeta dictara a lo largo de su vida, como Teoría y juego del duende o Arquitectura del Cante Jondo, sin olvidar los hechos y personas que se sucedieron en sus viajes por el continente americano, además de la península. El jazz de Nueva York, el tango de Buenos Aires, bolero, tal vez pasillos, podrían caben en su infinita maleta.

Fuentes:
https://elpais.com/cultura/2015/03/04/actualidad/1425462230_050543.html
https://elpais.com/cultura/2015/02/19/actualidad/1424370422_071251.html

TODOS LOS CUENTOS: VUELVE EL UNIVERSO DE CARLOS RUIZ ZAFÓN

Desde que Carlos Ruiz Zafón (Barcelona, 1964-Los Ángeles, Estados Unidos, 2010) nos dejara, el mundo del Cementerio de los Libros Olvidados quedó huérfano de su principal creador, y con él la Barcelona misteriosa, personajes y situaciones más allá de lo metafísico planteadas en sus obras.

Sin prejuicio de las políticas editoriales, los lectores están de enhorabuena porque los engranajes volvieron a ponerse en marcha, esta vez a título póstumo, con la publicación de “La ciudad del vapor”. Este libro, en sus 224 páginas recoge todos los relatos breves del escritor, entre ellos cuatro inéditos y otros tantos que aparecieron publicados anteriormente pero de forma dispersa.

La obra adquiere profundas resonancias al trasladarnos, tanto al océano literario creado por el escritor, como a una Barcelona que a grandes rasgos, tan fantástica y misteriosamente fuera resuelta por otros escritores, como Eduardo Mendoza y “La ciudad de los prodigios”, “Últimas tardes con Teresa” de Juan Marsé o “El viaje vertical” de Enrique Vila-Matas.

Barcelona negra, profunda, gris, enigmática, endeble, adormilada más allá de la hora de la siesta, con personajes moviéndose en las sombras o trasladando su destino a un sueño de papel, cuya representación literaria ya está en el escritorio de críticos, reseñistas y redactores de cultura, lista para ser servida y convencer a los lectores, quienes tienen la última palabra.

Convencer a los lectores, sin embargo, acerca de la calidad narrativa o inevitable lirismo gótico de Zafón, no supone mayor esfuerzo al éxito incontestable que acompaña a la publicación de “La sombra del viento”, que con más de 30 millones de copias  vendidas y 30 traducciones a otras lenguas, marcó un hito en la literatura contemporánea, el cual ha ido sosteniéndose a lo largo el tiempo sin que los oportunistas del marketing tuvieran que intervenir demasiado al respecto.

Editorial Planeta ha avanzado que “el eco de los grandes personajes y motivos de las novelas de El Cementerio de los Libros Olvidados resuena en los cuentos de Carlos Ruiz Zafón (…)  en los que prende la magia del narrador que nos hizo soñar como nadie”, entre los que se cuelan las visiones de “un muchacho” que “decide hacerse escritor al descubrir que sus invenciones le regalan un rato más de interés por parte de la niña rica que le ha robado el corazón”, la del arquitecto que”huye de Constantinopla con los planos de una biblioteca inexpugnable, el de uUn extraño caballero que “tienta a Cervantes para que escriba un libro como no ha existido jamás” o el mismísimo Gaudí, embarcando “hacia una misteriosa cita en Nueva York, se deleita con la luz y el vapor, la materia de la que deberían estar hechas las ciudades”.

Además de esta breve reseña, la editorial también ha puesto a disposición del público, en su página web, la lectura del cuento que ha título a la publicación, “La mujer de vapor”, un relato tan breve como mágico, que comienza así:

“Nunca se lo confesé a nadie, pero conseguí el piso de puro milagro. Laura, que tenía besar de tango, trabajaba de secretaria para el administrador de fincas del primero segunda. La conocí una noche de julio en que el cielo ardía de vapor y desesperación. Yo dormía a la intemperie, en un banco de la plaza, cuando me despertó el roce de unos labios. «¿Necesitas un sitio para quedarte?» Laura me condujo hasta el portal. El edificio era uno de esos mausoleos verticales que embrujan la ciudad vieja, un laberinto de gárgolas y remiendos sobre cuyo atrio se leía 1866. La seguí escaleras arriba, casi a tientas. A nuestro paso, el edificio crujía como los barcos viejos. Laura no me preguntó por nóminas ni referencias. Mejor, porque en la cárcel no te dan ni unas ni otras. El ático era del tamaño de mi celda, una estancia suspendida en la tundra de tejados. «Me lo quedo», dije. A decir verdad, después de tres años en prisión, había perdido el sentido del olfato, y lo de las voces que transpiraban por los muros no era novedad”.

Esta cita nos anticipa un Zafón al que ya conocemos, pero igualmente nos sorprenderá. Eso sí, los lectores tendrán que adquirir el libro, para que la magia no se quede en el espíritu de una reseña, a diferencia de quienes ya han realizado alguna aproximación adicional sin llegar al spoiler, a cuenta de que la editorial haya puesto a su disposición previa, una copia no venal.

DE PANES A PECES

Fuimos al Mercado Central un sábado a mediodía. El sol como de costumbre, sobre un espectáculo multicolor pero también sórdido y desordenado en las calles adyacentes al mismo. En la mochila, cerrada a cal y canto, el equipo fotográfico, para luego poder desplegarlo con mayor tranquilidad en el interior, concretamente luego de sentarnos en una de las mesas del patio de comidas, que a esa hora no lucía muy concurrido. Del jolgorio de voces y amables requerimientos, destacaba no obstante la lúcida y bella expresión de la joven de uno de los puestos. Tez morena hasta el incógnito. El poderío de la sonrisa. El cabello cubierto por una pañoleta blanca correctamente anudada por detrás de la cabeza. Semblante armonioso. Cuerpo uniformado y esbelto. Quién no iba a pedirle, a lo lejos, sendos platos de corvina frita con patatas, para servir por favor, tanto para ella como para mí. Mi pareja, una linda y delgada rubia pero con buen apetito. Y yo, que a la cocina no le hago menos que una escalera de crónicas. Después vino otra caserita, ofreciendo la carta de jugos y otras bebidas disponibles. No sé si borojó para uno y tomate de árbol para el otro, o un poco de cada para nosotros dos. Ella me dejó contemplar a gusto, como siempre he hecho desde que me atreví a mirar el mundo. Saqué una de las cámaras, la que portaba un teleobjetivo de esos para buscar cóndores desde la azotea de un hormiguero. Y qué bueno otear todos los rincones aquel mercado, los diferentes puestos de comida, clientes devorando platos donde destacaba la presencia del arroz, la menestra, los patacones o el seco de gallina, entre tantos formatos posibles para el paladar hambriento. Volví a fijarme en la joven en la que me había detenido al entrar y luego pedimos la corvina, que ahora había vuelto a pie de su puesto, tal vez acompañada de su madre, y encarado nuevamente su discurso de platos. De tanto observarla surgió el ojo de mi cámara como un búho intempestivo, quedando ella inmortalizada entre las corrientes de aire y mi silencio. Y ahí quedó todo, además del estómago lleno y mi mano derecha apretada contra la de mi novia. Tal vez algún día escribiría algo sobre este recuerdo.

Crónicas de Quito
28 octubre 2020

EL DÚO DE LA LIBERTAD

Dúo Benítez y Valencia en la Ronda (Quito)

De repente se hizo octubre. Apareció triste y huraño. Pedía un rescate a voces. El regreso le había secuestrado. Su portavoz llamó por teléfono a la hora del café después del almuerzo. Lo dejaré libre a cambio de una docena de vientos y un abecedario que parezca la ausencia de un caballo desolado. Mientras tanto, octubre seguirá conmigo, atendiendo los síntomas de costumbre. Lluvia hasta que el norte cambie de brújula. Una esperanza gris si no cambias la sintonía de la radio. Así que colgué el teléfono y llamé a un par de viejos amigos. Ahí les dije. Salgan de serenata. Ya verán cómo el regreso le suelta después del primer acorde en que ustedes canten al amor en público.

¿QUIÉN SIGUE SIENDO EDUARDO MAZO?

Eduardo Mazo sigue siendo un poeta argentino nacido en 1940. Lo dejo en paradoja puesto que las escasas noticias que se tienen de él, datan de la información que a poco se va encontrado en páginas web, así como en la actividad de su perfil en las redes sociales.

Debe tener ya unos 80 años, pero en la más absoluta plenitud de militancia y compromiso. Un vuelo saludable desde que iniciara su periplo por tierras de España, a mediados de la década de los 70 del siglo pasado. Tiempos aquellos en los que las dictaduras asolaban una y otra vez el continente latinoamericano, así como los caminos de tales o cuales revoluciones.

Hace seis años me propuse escribir algo a medio camino entre la semblanza, la crónica y el ensayo, acerca de la vida y obra de este hombre al que tradicionalmente apodan como “el poeta de las Ramblas”, a fe de que durante dos décadas venía organizando su certamen actual de poesía en el referido parapeto de Barcelona, la ciudad cosmopolita pero también el instrumento ideológico de ciertas cabezas sin fundamento.

Así lo hice. Un escrito que leído seis años después, no parece haber perdido frescura pero sí cierta sincronía temporal. No es para menos. Mazo siguió haciéndose viejo, mientras su poesía prosigue su particular periplo sin itinerario fijo.

En aquellos tiempos recalcaba el valor inmanente de sus versos, así como el firme compromiso social y crítica humorística que comportaban tales y cuales composiciones, distribuidas en diferentes ediciones que arrancaran desde principios de los ochenta. El poeta autodidacta así como sabio periodista que también colaborara como articulista en La Vanguardia para mayor utilidad de sus consabidos lectores.

Además con motivo de la ocasión presentada, incluí unos versos de Gómez Jattin, otro poeta colombiano consolidado que no pasa tan inadvertido para el público lector -este raro espécimen que lee poco y lo poco que lee depende más de la palmadita en el hombro que del talento mismo-.

Seis años después -como mencioné-, la poesía de Eduardo Mazo acude nuevamente al consejo de mis incertidumbres, con más canas en la cabeza y a resultas el temperamento tranquilo y contemplativo.

He recobrado una entrevista que realizara a Kodama, la viuda de Jorge Luis Borges, allá por el año 2004 en la ciudad de Buenos Aires, de la cual rescato la particular e inocente aversión que el escritor argentino sentía por los niños, en palabras de su mujer:

“Cierta vez viajábamos en avión con Borges en una situación similar, acompañados por un niño que lloraba y lloraba. La azafata se inclina sobre él oye a Borges decir “Herodes, Herodes, ¿ dónde estás?” Le oye decir eso y sonríe”.

Pero también volví a tomar de la estantería aquel viejo libro que me permitió entrar en la figura de un poeta desconocido hasta entonces. La anécdota esta convenientemente rememorada en la crónica de hace seis años.

A aquel “Autorizado a vivir” editado a principios de los 80 y adquirido en una lejana Feria del Libro de Bilbao, sumé hace unos días “Prohibido vivir” que contiene extraordinarias brevedades como las siguientes:

“Salgo con una muchacha bajita
para poder mirar a las otras mujeres
sin que se percate”

“Un ratón es un pedazo enorme de tiempo
con una cola así de pequeña”

“La muerte es la memoria ajena”

Poemas con la respiración contenida. Breves. Con una longitud que oscila entre uno o varios versos. Aforismos. Pequeñas e irresolutas verdades. Caricias para la amante o bofetadas para la injusticia social. Burócratas reducidos al esperpento. Una crítica profunda al interés y vanidad humanas. Mazo tiene de todo pero bueno, como en la botica del mejor y más veterano farmacéutico.

Julio de 2020

Fuentes:
http://web.archive.org/web/20070818214738/http://eduardomazo.com/default.asp?s=212

¿QUIÉN ES EDUARDO MAZO?

Un poeta argentino. Autorizado a vivir. Como una de sus obras. Que nació en Buenos Aires y, después, parece ser que era o es uno de los acostumbrados en las Ramblas de Barcelona, que en el año 2005 celebraba sus más de veinte años de actividad por allá, entre castaños de Indias, plataneros, artífices de la cultura callejera, habitantes, fuentes de no sé cuántos caños y albedrío de sombras.

Como en cualquier leyenda urbana, me atrevería a añadir: nadie sabe dónde vive, cómo localizarle, cuál es su sonrisa a estas horas de la mañana y dónde está ahora. Sin embargo, en las redes, abunda el efecto de catarsis en quién lo ha encontrado, adquirido uno de sus poemas o leído. Inclusive saludado.

¿Quién es Eduardo Mazo? La pregunta tiene una respuesta impensable: parece ser que iba yo, por el Arenal de Bilbao. Creo que acompañado. Hace muchos años. Tantos que todavía no tenía canas, sino alguna que otra ligera pajarera. Iba acompañado y en la plaza bilbaína, por donde también caminara don Miguel de Unamuno, habían instalado las típicas casetas para la feria del Libro. No me pregunten cuánto. Es imposible una respuesta para la que el recuerdo deja un viento de sorpresa. Me encontré, como otros tantos internautas, un libro de entre todos los que llamaron mi atención. Éste libro, además, venía acompañado de una sospecha de “subversividad”, por denominarlo de alguna forma. Una imagen como de delincuente político, detenido por atentar contra la falta de cordura de cualquier régimen autoritario, en el que viene plasmado el nombre, la estatura, la edad, la nacionalidad y un sello que le autoriza a vivir. Delincuente no: disidente o, simplemente, hombre libre. Ese libro tenía que ser para mí. Lo adquirí. Y allí quedó. Hasta hoy en día, en que una amiga de Caldas, en las afueras de Medellín, me deja las palabras de un tal Raúl Gómez Jattin, del que añado “tal” porque desconocía quién era:

“Los poetas, amor mío, son
Unos hombres horribles, unos
Monstruos de soledad, evítalos
Siempre, comenzando por mí.
Los poetas, amor mío, son
Para leerlos. Mas no hagas caso
A lo que hagan en sus vidas”

Entonces pensé. Un hombre de corta o larga cabellera que escribe eso, no debiera pasar desapercibido. Le respondí que formaba parte de esa pléyade de malditismo en que concurren Bukowski o Leopoldo María Panero. En cómo la vida es llevada a las peores circunstancias para encontrar en ella la más intensa poesía. Pues qué es poesía sino la transcripción de una vida intensa. Entonces debo matizar: en cómo la poesía es llevada a las circunstancias más intensas. Y claro, ahí me acordé de Eduardo Mazo.

¿Quién es ahora Eduardo Mazo? Una pregunta para la que, la respuesta es igual de enriquecedora y sorprendente, más allá de la anécdota. Él tiene una página hecha por su hijo homónimo, en nombre y apellidos, por dónde destila gran parte de su obra y pensamiento. Por él sabemos de su vinculación con Buenos Aires, con las Ramblas de Barcelona y con una ponencia que dio en un Congreso al que también asistió Ernesto Cardenal. Al respecto, tuve que navegar por los entresijos de la red para penetrar en las mentes de quienes, como señalé, lo encontraron.

En ese sentido, un tal Felipe Sérvulo, al que tampoco conozco, dejó escrito el 29 de junio de 2007: “Eduardo es un poeta que exhibe sus composiciones en grandes paneles de madera en el paseo. Es el paradigma de argentino bohemio: ha sido vendedor, psicólogo, periodista, político del Partido Peronista… Edita y vende sus propios libros, debido al poco apoyo que los editores dan a los artistas de verdad, dice. Su aspecto parece sacado de una película de tangos de los años cincuenta: delgado, sesentón, con pañuelo al cuello y gorra ladeada con la normal chulería en estos casos. Locuaz, como buen bonaerense, simpático y humano. Es, también, un poquito presumido: dice que sus poesías se las han inspirado tantísimas mujeres como le han amado y que él se las dedicaba a ellas”.

Es el poeta de las Ramblas. Sabemos de él hasta el año 2007. Pero duermo. Sigo despertando. Bostezo. Agiganto los brazos en ambas direcciones. El sol es manifiesto. Abro bien los ojos y encuentro otro comentario más próximo en el tiempo, el 12 de diciembre de 2013, día en que no sé si la vida es viernes, pero para la autora que lo describe sí: “yo siempre he sido un poco pesada y bastante curiosa…y “curioseando” hace ya unos años encontré un libro muy viejo en las estanterías del salón. Autorizado a vivir de Eduardo Mazo. Un libro subrayado en varios colores y con frases tan bonitas como estas”. Sí, y Paula dejo estos aforismos, como salidos de la mente de un visionario lírico:

Lo malo de la muerte es que, casi siempre, nos encuentra viviendo
¿Qué quieres? ¿Ser mi amiga después de haberte ido?
Me pides demasiado: soy fiel a mis amigos
Hay gente que no puede vivir con el televisor apagado
Te quiero tanto que es poco
Lo imposible está al caer

Todo eso y más es Eduardo Mazo. Es una tomadura de pelo contra el propio concepto de la poesía en que podríamos caer hoy en día. Tomadura de pelo porque estamos más acostumbrados al panfleto erótico, a los exotismos semánticos disfrazados de humildad y ¿no hay mayor placer poético que escarbar y profundidad en la sencillez? Algo que pocos poetas alcanzan. Y por fin me encuentro con un poeta que concluyó en ello sin necesidad de sentarse en la orilla de una vereda, con una botella de cerveza medio vacía, contando los números del tránsito y pensando en dónde va a dormir al raso la noche presente porque no dispone de otro lugar al que ir.

Afirma Eduardo Mazo en su página: “Leer un poema. No importa cómo. Antes, el poema, tal vez, estaba en la rupestre figura de un bisonte que nos enviaba un mensaje de plástico lenguaje, después encontramos al poema en un papiro o en unas tablas reverenciadas, luego vinieron los papeles que los árboles nos ofrecían para expresarnos, y hoy, tus pupilas reflejan el poema que alguien te acerca en el monitor de tu ordenador. Ya ves, no importa cómo, no importa cuándo, no importa dónde. La poesía no ha muerto”.

La poesía no ha muerto en nosotros. En quienes la leemos más allá de la modernidad o del presunto monopolio de ella por parte de los hipster o la contracultura o lo que nos dictan que es tendencia o con la relación que existe entre la condición de poeta y el número de libros publicados. En el otro lado, considero que por el mero hecho de escribir en verso, tampoco se adquiere la condición de poeta. Con los años me he dado cuenta de mi propio egoísmo al considerarme poeta cuando tenía 18 años, pero en el momento en que transcurren dos décadas dedicadas a la lectura, el conocimiento y la búsqueda de respuestas sí. Soy poeta, aunque no haya publicado lo que he querido. Soy poeta porque me disculpa la inquietud por poetas como el presente.

La poesía de Eduardo Mazo es imprescindible sin lugar a dudas. Está en boca de muchos. Comenzando por quienes paseamos o lo hubimos hecho, por las Ramblas. Quien escribe poesías como la presente, y a su vez, quienes lo leemos, creamos el deber de sentirlo.

Febrero de 2014

FALLECE CARLOS RUIZ ZAFÓN, EL AUTOR DE “LA SOMBRA DEL VIENTO”

El escritor Carlos Ruiz Zafón (Barcelona, 55 años) ha fallecido este viernes en Los Ángeles, ciudad donde residía, según han confirmado a EL PAÍS fuentes de su editorial. Zafón alcanzó el éxito mundial con La sombra del viento, libro que inició una tetrología bajo el título El cementerio de los libros olvidados que se cerraba en 2016 con El Laberinto de los Espíritus (Planeta). El autor sufría un cáncer desde hace algunos años. “Hoy es un día muy triste para todo el equipo de Planeta que le conoció y trabajó con él durante veinte años, en los que se ha forjado una amistad que trasciende lo profesional”, ha señalado la editorial, quien ha valorado que con su fallecimiento desaparece “uno de los mejores novelistas contemporáneos”.

El autor trabaja en la actualidad para industria de Hollywood y había adquirido proyección internacional con su novela La sombra del viento, ganadora de numerosos premios y seleccionada en la lista confeccionada en 2007 por 81 escritores y críticos latinoamericanos y españoles con los mejores 100 libros en lengua española de los últimos 25 años.

Zafón se inició con éxito en la literatura tras su paso por el mundo de la publicidad y el cine. Así hablaba de su camino hasta la literatura en una entrevista en EL PAÍS en la Feria de Guadalajara en 2008, en plena vorágine de éxito. “De guionista, mucho; de publicitario, mucho menos. Lo de la publicidad fue mi primer trabajo, tenía 19 o 20 años y sí, empecé de copy y acabé de director creativo; aprendí mucho y me ganaba muy bien la vida… Muchos escritores, como Don Delillo, han trabajado en publicidad porque está tocando a la literatura. Ahí aprendes a ver el lenguaje, las palabras como imágenes. Es igual que los novelistas que han sido periodistas. Michael Connelly, un tipo que me interesa mucho, fue periodista de tribunales en Los Ángeles y sin esa formación su literatura sería muy distinta, sin duda. Pero lo que sí impacta en mi obra y nunca se dice es mi trabajo dentro del cine”.

El autor de La sombra del viento nunca estuvo muy presente en los círculos literarios, con los que era crítico. “El supuesto mundillo literario es 1% literario y 99% mundillo”, aseguraba.

Fuente: elpais.com

RITA DE ALGO Y TODO

1946: Rita Hayworth (1918 - 1987) plays the sexy title rol… | Flickr

El otro día discutíamos tú y yo sobre el nombre perfecto que debería tener una amante. Mi conciencia y yo, me refiero. A solas y en silencio, con una copa de Cognac de un siglo y las melodías de George Brassens de por medio.

Algunos nombres he tenido. Cada cual con su particular valor agregado, historia medianera y o en fin, obsesiones con las que retrataría a cada una con su particular credo.

De todos ellos, me quedo esta noche con una dulzura de guantes negros. Escogí Gilda para reponer fuerzas cinematográficas y ahora que veo a Rita Hayworth, envuelta en sus guantes negros y con ese vestido tan vampírico y bello, me acerco a ti, la Rita de siempre, la que me escribe, el último mensaje hace veinte minutos de cuarentena a cuarentena, ambos sumidos en la indecencia de no habernos visto en las últimas semanas, por razones de trabajo o de simple oscuridad de luna llena.

Rita ritual. Rita rituante. Rita ritualizada. Rita glamurosa. Rita adorada. La próxima vez vendrás vestida de Gilda, aunque interrumpa tus lecturas. Perderemos la cabeza el uno por el otro. Pero no me lanzarás el guante uno a uno, como la femme fatale de la película. Merezco mejor trato que la otra Rita, la de Gilda, la del corsé, la de la bravura.

Quiero tu lucidez salvaje, en otros términos. Quiero tus brujerías. Quiero tu velo desnudo. Quiero las cicatrices momentáneas que dejan tu mordisco en mi antebrazo. Quiero todos tus largometrajes de amor. Quiero que me mandes tus ansías hasta que llegue el momento de tenerlas encima. Quiero que seas más Rita que nunca.